Jesús María Silveyra

jueves, septiembre 02, 2010

MOMENTO DE SALTAR

Saltar.

No sé si superarnos,

pero saltar.

Algo nos espera del otro lado.

Algo como un color, un sonido, un sabor diferente.

¡Qué maravilla, poder saltar!



Vamos, dame tu mano.

Saltemos juntos

en los brazos del asombro,

hacia el blanco color de la sal,

el rojo marcado en una frente

o el intenso rubor del azafrán.



Vamos, salta conmigo.

Una luz pequeñita titila,

y el humo del incienso

llena de nubes el templo,

mientras la gota de agua,

es convertida en océano

por la madre Teresa.



Vamos, salta conmigo

hasta tocar

la mano del moribundo,

y en el fragor del tren,

calmar la sed

con el agua viva

del pozo de Sicar.



Vamos, salta conmigo.

Calcuta nos espera

en la increíble y lejana India,

con aquel misterioso río,

llamado Ganges

que romperá la rueda

del eterno misterio de la vida.



¡Qué maravilla, poder saltar!


(*) Todos los derechos reservados. © Copyright 2010 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar

jueves, marzo 11, 2010

POEMA DEL BICENTENARIO


Doscientos años han pasado,
y seguimos sin saber de qué se trata:
si de la pampa que nos confunde
con su inmensidad,
o de la gran ciudad
que mezcló todo de golpe
y nos comió la identidad.

Buscamos, pero sin encontrar.
No nos ponemos de acuerdo
en cuatro o cinco cosas básicas,
como para sentirnos República.

Saltamos juntos,
muy de vez en cuando,
por alguna gesta deportiva,
pero luego vuelve a hundirnos
la recurrente confusión
que nos condena
a vivir errantes:
como si pampa y urbe
no terminaran de amasar el pan
que nos vuelva una nación
del todo querible,
hermanada en torno
a ciertos valores y objetivos.

Sí, son doscientos,
los años transcurridos
desde aquel amanecer
de Buenos Aires,
pero tremendos
los abismos
que produce
el desencuentro.

Quiera ese pedacito
de Dios, de sol de mayo y de bandera,
que todavía nos liga,
armar la cuerda firme y gruesa,
que ate definitivamente
la pampa que huele a ciudad
y la ciudad que huele a pampa,
para que se vuelva a escuchar
aquel mismo grito de Libertad
sobre las rotas cadenas.

(*) Todos los derechos reservados. © Copyright 2010 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar
 

viernes, julio 31, 2009

ALAS DE FLAMENCO

¡Ah!, esas alas rosas de flamenco,
clavadas en la quietud del agua
como estacas en la tarde
que cae sobre el rostro de un espejo.

Y el brillo de la luz rodando
por el negro giro acalorado de las moscas
envolviendo la pesadumbre del estío
susurrante entre los juncos.

¡Basta!, demos paso a otra fase del crepúsculo
y que se formen remolinos,
rompiendo la quietud
con murmullos nocturnos;
que hagan volar a las aves
tiñendo de rosa la fuga
hasta que aparezca
esa luna enorme
que desde siempre esperas,
como a un plato que alguien ha lanzado
desde la difusa raya del horizonte
donde comienza el baile.

(*) Todos los derechos reservados. © Copyright 2011 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar

miércoles, abril 01, 2009

Visita del padre Opeka a Chile y Argentina


Durante el mes de marzo acompañé al padre Pedro Opeka, primero al "Encuentro en Lo Alto 2009" que se realizó en el centro de sky Los Colorados, a más de 2.800 metros de altura, cerca de la ciudad de Santiago de Chile, organizado por la Fundación Desafío (http://www.desafio.cl/) y luego en un ciclo de tres Conferencias realizadas en la ciudad de Buenos Aires, sobre: "Construir la Esperanza", "Salir de la pobreza" y "Ser misionero, hoy".

Como me ha ocurrido en otras oportunidades con el padre Pedro, quedé nuevamente impactado por su sencillez, energía, sinceridad y buen humor. En el "Encuentro en Lo Alto", si bien el padre Pedro dio seis charlas y una misa final, fue uno más dentro de los 400 concurrentes, donde se mezclaron: empresarios, políticos, periodistas, religiosas y religiosas, gente de clase media y de zonas muy humildes de Santiago. El padre Pedro aportó el testimonio de su vida, con mucha naturalidad y apertura, cautivando a nuestros hermanos de Chile a quienes les llegó al corazón con esa palabra fuerte y vigorosa que lo caracteriza.


Fueron casi cuatro días de intensa alegría y reflexión, comenzando un jueves por la tarde, para finalizar el domingo con la misa de cierre. Durante las charlas, Pedro nos compartió sobre temas diversos como: la debilidad, la fortaleza, el llamado de Cristo y la misión. El sábado por la noche, encendimos una gran fogata en lo alto de la cordillera y nos preparamos para descender al mundo cotidiano llevando la Buena Noticia de aquél que socorrió a los pobres, hizo caminar a los cojos, ver a los ciegos y hablar a los mudos. En una palabra, el padre Pedro, junto a otros testimonios de vida que dieron distintas personas, nos ayudó a hacer más presente en medio de nosotros al Cristo Vivo que nos sigue llamando.

De regreso a Buenos Aires, tuve la oportunidad de asistir a la misa que dio en la iglesia de Jesús Sacramentado en el barrio de Almagro, para posteriormente presentarlo en las tres Conferencias que he mencionado. La primera de ellas organizada por los jóvenes de la ONG "Un techo para mi país" (http://www.untechoparamipais.org.ar/), en el Teatro Globo, cuya sala estuvo colmada por más de 400 jóvenes, en su mayoría universitarios, quienes han participado como voluntarios en la construcción de viviendas temporarias en barrios carenciados del Gran Buenos Aires. Los jóvenes lo aplaudieron de pie y eso me llenó de emoción ya que, en un mundo con pocos testimonios de vidas ejemplares, tenerlo allí al padre Pedro, dándoles ánimo para seguir en la tarea, trazó un puente entre la utopía y la realidad del "se puede", "sigan adelante", "vale la pena hacerlo".

La siguiente charla, que se realizó en la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, auspiciada por la Fundación diario La Nación y el Suplemento "Valores Religiosos" del diario Clarín, fue más numerosa aún en cuanto a concurrencia, con más de 500 asistentes de variadas edades y procedencias. Allí, el padre Pedro, volvió a repetir que es posible salir de la pobreza. Que él, cons sus 450 colaboradores de la Asociación Humanitaria Akamasoa, lo han logrado con la gente de los basurales de Antananarivo, la capital de Madagascar. "Sí, se puede", dijo el padre Pedro a viva voz.
La tercera y última Conferencia se realizó en la capilla del Colegio Champagnat, organizada por un grupo de jóvenes misioneros del colegio y de las parroquias aledañas. Asistieron más de 350 misioneros. Fue también una alegría inmensa para mí llevar al padre Pedro al colegio donde pasé 12 años de mi vida. Allí habló de sus ilusiones juveniles y los alentó a seguir misionando entre los más pobres y reconocer el rostro de Cristo en ellos.

Si tuviera que resumir todo lo vivido junto a Pedro durante estos febriles días del mes de marzo, diría que Dios me dio la gracia de conocer a una persona de la que emana santa fortaleza y energía espiritual.





lunes, diciembre 29, 2008

UN VIAJE POR TURQUIA

Invitados por la Fundación de la Amistad Argentino-Turca, un grupo de ocho argentinos, el pasado mes de septiembre de 2008, visitamos Estambul, Esmirna, Efeso y Ankara. Fuimos de la partida: monseñor Carlos Malfa, obispo, presidente de la Comisión que se ocupa del ecumenismo y diálogo interreligioso de la Conferencia Episcopal Argentina; el embajador Juan Landaburu, subsecretario de Culto de La Nación; el doctor Sebastián Gramajo, diputado de la ciudad de Buenos Aires; Sergio Rubín, periodista del diario Clarín (acompañado por su esposa Mirtha); Pedro Brieger, periodista de canal 7 de televisión y América 24; Carmen María Ramos, periodista del diario La Nación; Beytullah Cholak y Mansur Omercikoglu, ambos turcos y miembros de la Fundación y el suscripto, Jesús María Silveyra, escritor.

El viaje, organizado de manera excelente por la Fundación (que tiene sus orígenes en el Movimiento fundado por el líder religioso islámico, Fetullah Gullen), no tuvo desperdicio. Tuvimos citas con intelectuales, políticos, religiosos, periodistas, empresarios, educadores y profesionales de distinta índole. Visitamos el Parlamento Nacional, escuelas, hospitales, museos, iglesias, mezquitas, universidades, empresas, diarios y estudios de televisión. Ese contacto abierto con mujeres y hombres de tan distintos quehaceres, nos permitió formarnos una idea bastante concreta del proceso político, económico, cultural y religioso por el que atraviesa Turquía.

En mi caso particular, que ya había estado en este fascinante país en el 2006, esta nueva visita no hizo más que completar los conceptos y fortalecer las imagenes que había recogido en aquel viaje realizado con fines de investigación literaria, coincidente con la visita del Papa Benedicto XVI a Turquía, y que dio origen a mi libro "Diálogo con el el Islam", en el que me refiero, entre otras cosas, al asesinato perpetuado el 5 de febrero de 2006 en la ciudad de Trabzon (sobre el mar Negro) del sacerdote católico don Andrea Santoro. Demás está decir que en el mencionado libro, si bien cuestiono en forma radical todo fundamentalismo y, principalmente, el del joven de dieciséis años que asesinó a Santoro, no dejo de insistir en la necesidad de diálogo entre las dos religiones monoteístas más grandes y convocantes del mundo: cristianismo e Islam.
Ese diálogo no sólo es necesario, sino posible, como decía don Andrea Santoro: "Diálogo y convivencia no se dan cuando se está de acuerdo con las ideas y las elecciones ajenas, sino cuando se les deja lugar junto a las propias y cuando se intercambia como don el propio patrimonio espiritual".

He podido experimentar a través de estas visitas a Turquía y a mi frecuente contacto con los miembros del Movimiento fundado por Gullen, que más allá de mi fe católica, existen valores muy respetables en el Islam, por ejemplo, en la oración que realizan los musulmanes. Siento que en ella esta presente el encuentro entre el hombre y Dios.
En cuanto a la espiritualidad de Fetullah Gullen (recientemente elegido, por una revista británica, como el intelectual más influyente del mundo) y de los miembros de su Movimiento, lo que me conmueve es la apertura que tienen hacia las otras religiones insistiendo en la necesidad de dialogar con ellas, la paz interior que reflejan sus miembros a partir de la práctica religiosa, la insistencia en la educación como forma de elevación del hombre y la condena total y absoluta al terrorismo y el uso de la fuerza bajo pretextos religiosos.
En este viaje, además del ameno compartir y reir con el grupo, volví a enriquecerme con la historia de Turquía y su amplio acervo cultural, que va desde el refinamiento arquitectónico en las riberas del Bósforo, a la raíz primitiva de la tierra donde el hombre fue llamado por vez primera a seguir a un único Dios. Turquía, con su música, su comida, la belleza natural de su geografía, la calidez humana de sus habitantes y la religiosidad que emana de sus fuentes, volvió a sorprenderme y no dudo de que cuando regrese sucederá lo mismo.
Es que hay algo mágico flotando en el aire, sobre todo en Estambul, algo que para quien tiene el corazón sensible se vuelve poema y dice:

Vi tus ojos negros,
rompiendo con la bruma del Bósforo
y te sentí venir hacia mí
oliendo al humo del narguile
y a la salada espuma de dos mares
que querían estrecharse en un abrazo.
Dijiste una palabra turca,
que no alcancé a comprender,
pero supe por tus labios
que te llamabas Estambul,
porque luego señalaste con un dedo
a ese sol rojo de la tarde
que se caía sobre un minarete
y soltaba gaviotas en el aire
como a gotas de un tiempo
en que se hablaba
del Imperio.
Luego te diste vuelta
con el día que terminaba
y encendiste la estrellas
sobre la cúpula de Santa Sofía
y cuando quise decirte adiós,
plantaste una luna menguante
hecha de plata
sobre la mezquita Azul
y te esfumaste en el seseo
de la ola gris
rompiendo contra un muelle.


martes, diciembre 23, 2008

Navidad 2008





En esta nueva Navidad quiero agradecer diez cosas:



- La fe en Jesucristo: amor entregado que venció la muerte.

- Los padres que tuve: en el recuerdo por siempre.

- La mujer que se cruzó en mi vida: sabiduría en la escucha.

- Los hijos que Dios me ha dado: asombro en el crecimiento.

- Los amigos que he ido cosechando: reposo en el camino.

- Los libros que he podido escribir: consuelo del alma.

- El dinero que he producido: suficiente en la necesidad.

- La salud que me han regalado: agradecimiento cotidiano.

- Los países que he conocido: aprendizaje perpetuo.

- Los sueños y proyectos que tengo: aliento en el declinar.

martes, abril 15, 2008

"Tu alma marcha delante"

Tu alma marcha adelante
y debe esperar a tu cuerpo.
Mi cuerpo va delante,
pero nunca espera a mi alma.
Mi cuerpo encuentra
tu alma,
y tu cuerpo encuentra
la mía.
Así vivimos,
sin poder alcanzarnos
del todo.
Pero un día,
alma con alma,
cuerpo con cuerpo,
caminarán apareados
gozando en la casa del Señor.

(*) Todos los derechos reservados. © Copyright 2008 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar
 

jueves, abril 10, 2008

"Diálogo con el Islam"


Lumen acaba de publicar mi libro titulado “Diálogo con el Islam”, subtitulado “Martirio, búsqueda y hallazgo de don Andrea Santoro”. Un testimonio en el que relato el martirio de este sacerdote italiano, asesinado el 5 de febrero de 2006, mientras rezaba en el último banco de la iglesia de Santa María, en Trabzon, Turquía. Un joven fundamentalista de apenas 16 años, al grito de “Allah-u-Akbar” (Dios es grande) le disparó dos tiros por la espalda. La sola idea de pensar en el sacerdote rezándole de rodillas a Dios y en el asesino invocando el nombre de Dios al momento de efectuar los disparos, me llevó a preguntarme si se trataba del mismo Dios. El interrogante me fue llevando no sólo a investigar el hecho, sino a viajar a Turquía, en noviembre de 2006, para visitar el lugar del martirio, coincidiendo con la visita del Papa Benedicto XVI a Turquía (fue la primera vez que un Pontífice rezó en una mezquita).
Don Andrea Santoro, de 60 años, trabajaba en el Diálogo Interreligioso y había fundado la “Ventana para el Medio Oriente”, un portal electrónico por el que deseaba intercambiar dones entre Oriente y Occidente. “Diálogo y convivencia no se dan cuando se está de acuerdo con las ideas y las elecciones ajenas, sino cuando se les deja lugar junto a las propias y cuando se intercambia como don el propio patrimonio espiritual”, decía el sacerdote. Descubrí en los escritos del padre Santoro una enorme riqueza espiritual para fecundar el diálogo entre Cristianismo e Islam. Es un testimonio escrito desde el corazón, en el que voy recorriendo la vida de don Andrea, al mismo tiempo que viajo por Roma y Turquía, siguiendo sus pasos y los del Papa Benedicto XVI.
“El camino por delante es largo y no fácil. Dos errores creo que hay que evitar: pensar que no es posible la convivencia entre hombres de religión distinta, o bien creer que es posible sólo infravalorando o dejando de lado los problemas reales”, escribía este mártir del siglo XXI que fue asesinado a raíz de la aparición de una serie de caricaturas de Mahoma en diarios europeos. Pero pese a su muerte, los frutos de su vida y sus palabras quedan al alcance de cualquiera que desee trabajar por el diálogo interreligioso y el acercamiento entre las dos grandes religiones de la humanidad.

miércoles, agosto 29, 2007

"Las huellas de Cristo y el Camino"

La huella señala el paso del hombre por la tierra.

A los primeros cristianos los llamaban “los hombres del Camino”. En los Hechos de los Apóstoles podemos leer que, estando Pablo en Efeso, predicó durante más de tres meses en la sinagoga esforzándose por convencerlos acerca del Reino de Dios, “pero como algunos se endurecían y no querían creer, despreciando el Camino”, se apartó de ellos. ¿De qué camino hablaba Pablo? ¿De qué camino hablaba Cristo cuando llamó a sus primeros discípulos diciéndoles: “Ven y Sígueme”?
Durante la última Cena, el Señor les dijo a sus discípulos: “Ya saben el camino para ir a donde yo voy”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
La huella es la señal del paso del hombre en la tierra. ¿Qué huellas nos dejó Jesús?
En el terreno geográfico, bajó de Nazaret a ser bautizado en la hondura del Jordán, en Betabara; luego subió a las colinas del desierto donde sufrió las tentaciones del demonio, para volver a bajar al pozo del mar de Galilea (lago de Genesaret). Allí rescató a una serie de pescadores que serían sus primeros discípulos, con aquél: ”Sígueme”. Jesús comenzó a decirles: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Durante dos años predicó en la zona de Cafarnaún y del lago, para luego volver a subir, esta vez a Jerusalén donde encontraría la muerte en la cruz del Gólgota. Jesús les seguía diciendo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. “El que no cargue su cruz y no venga detrás de mí, no puede ser mi discípulo”.
Muchos de sus seguidores no querían que subiera a Jerusalén, porque temían por su vida. Pero cuando el Señor los veía desorientados o preocupados, les decía: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí, no tendrá sed jamás”.

Saliendo del terreno geográfico, ¿cuáles son algunas de las huellas que nos dejó Jesús con sus actos? Muchos podrían exclamar: ¡Los milagros! Devolvió la vida a los muertos, expulsó demonios, sanó leprosos, hizo andar a los cojos, ver a los ciegos y oír a los sordos. Calmó la tempestad, secó la higuera, multiplicó panes y peces. Otros dirían: Comió con publicanos, con prostitutas, con pecadores; se mezcló con los paganos, dando de beber a una samaritana, curando la hija de la cananea o la del centurión romano. Y, finalmente, se entregó por nosotros en la cruz.

¿Y qué clase de huellas nos dejó con sus palabras? Recordemos algunas: Perdonar setenta veces siete; poner la otra mejilla; amar a los enemigos; ser el último y el servidor de todos; humillarnos para ser ensalzados; hacernos como niños; perder la vida para ganar el Reino; negarse a uno mismo; dar la vida por los amigos; tomar la cruz y seguirlo.

¡Qué difícil parece entonces poder seguirlo! No hacemos milagros, solemos apartarnos de los pecadores y paganos y, por último, sus palabras invierten toda la lógica de este mundo. Pero no nos preocupemos, hasta los mismos santos anduvieron a los tumbos siguiendo sus huellas. El mismo san Pedro acabada la Cena le dijo al Señor: "Señor, ¿a dónde vas?”. Jesús le respondió: “A donde yo voy, no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”. Pedro le respondió: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”. Y Pedro terminó negándolo tres veces.

Más de cuarenta años después, cuenta la preciosa leyenda del Quo Vadis, el mismo Pedro, luego de haber sido liberado de la cárcel Mamertina en Roma, a pedido de los hermanos de la comunidad, huyó de la ciudad por la Vía Appia. De repente, se encontró con Jesús que iba hacia Roma. Pedro se detuvo y le preguntó: “Domine, quo vadis?". "¿Señor, a dónde vas?”. Jesús le respondió: “Voy a Roma para ser crucificado de nuevo”. Pedro volvió a preguntarle:”¿Serás crucificado de nuevo?”. “Sí, Pedro”, contestó Jesús. “Entonces, Señor, me vuelvo atrás siguiendo tus pasos”, fue la respuesta de Pedro.

Hoy en día, en aquel lugar donde se encontraron, en la iglesia del Quo Vadis, existe una piedra con las supuestas huellas de los pies de Cristo.
Y Pedro regresó a Roma. Nuevamente lo tomaron prisionero y lo ejecutaron en la arena del circo de Nerón, sobre la colina del Vaticano. Pedro, terminó de esa forma dando su vida por el amado sobre una cruz invertida, porque le dijo a sus verdugos que no se sentía “digno de morir como mi Señor”.

Pedro, a los tumbos, siguió los pasos de Jesús. Hizo milagros en el nombre de Jesús, anduvo con pecadores y fue el primero en abrir la iglesia a los paganos. En cuanto a las otras huellas, la de las palabras, terminó abrazando en esa cruz invertida, la inversión de la lógica del mundo.
Esto no quiere decir que seguir las huellas de Jesús implica necesariamente el martirio o la muerte violenta. Aunque la palabra “mártir”, proviene del griego y significa: “Dar testimonio”.
El Señor nos invita a seguirlo, a “dar testimonio”, a morir al “hombre viejo” y a convertirnos como los primeros cristianos de Antioquia, en “hombres del Camino”.

No debemos preocuparnos, pues no estamos solos. Dios nos acompaña. “Pidan y se les dará. Busquen y encontrarán”. Pedro es un ejemplo que podemos imitar.

martes, agosto 28, 2007

"Vía Crucis"



En la primera estación, Jesús es condenado a muerte. "¿Por qué? Porque molestaba, mujer. Nadie quiere escuchar un mensaje tan radical, interpelante, que pone al descubierto nuestro pecado. Lo condenaron a morir para que se callara de una vez. Para que cerrara la boca. Los poderosos no quieren que nada cambie. Los oprimidos confunden la vía de liberación. Y nosotros estamos hartos de palabras, aunque estas nos hablen del amor. ¿El amor? ¿Qué cosa es el amor? El amor es una fantasía, mujer. Tú lo sabes bien. Nadie ama de verdad. Siempre hay un interés oculto. Y éste viene a hablarnos de amar al prójimo como a uno mismo".
En la segunda, Cristo carga la cruz y se dirige al Calvario. "¿Quién quiere cargar una cruz? Nadie, mujer. Al contrario, la vida debe ser ligera, liviana, soportable. El sufrimiento es masoquismo. El dolor no tiene sentido alguno. Y tú lo sabes. Que él cargue con su cruz y si quiere sufrir por no haber callado, pues que sufra. Nosotros ya tenemos con lo nuestro. Se lo advirtieron muchas veces. Que iba en contra de la Ley. Que violaba las reglas de Moisés. Perdonar los pecados. Resucitar a los muertos. Confesarse el Mesías. Yo mismo alguna vez lo escuché. Palabras, mujer. Sólo palabras".
En la tercera, Jesús cae por primera vez. "Claro, lo han dejado sin fuerzas de tanto que lo golpearon. ¿No lo vimos acaso en el Pretorio? Además, esa corona de espinas que lo ha ido desangrando. Mejor no lo miremos. Lavémonos las manos. Hagamos como Pilatos. Que se arregle. Él mismo se metió en la boca del lobo. ¿Para qué vino a Jerusalén? ¿Acaso no lo sabía? ¿Entonces? Es un suicida. Él mismo eligió su propia muerte. Yo no voy a ayudarlo. Es un presuntuoso. Además, ¿qué tenemos que ver con él, mujer? Nada. Que nos deje tranquilos"
En la cuarta, Jesús se encuentra con su madre, María. "¿A qué tanto escándalo? ¿Por qué tanto llanto? Debió educarlo mejor. Inculcarle que no es posible cambiar este mundo. Que uno debe adaptarse a las reglas de juego y no estas a uno. No hay nada nuevo bajo el sol. Siempre ha sido igual, mujer. La única manera de vivir bien es no decir nada. Tratar de ascender por la vía del silencio, como yo lo he hecho. Soportando a esos tramposos para que me dejen vender palomas en el Templo. ¿Los demás? ¿Quiénes son los demás? Los demás no son más que sombras".
En la quinta, el Cirineo lo ayuda a cargar la cruz. "¿Quién se cree ese hombre? Ya verás lo que le hacen. A los condenados, mejor dejarlos que se hundan en su condenación. Delirio de valiente. Para que todos lo celebremos, mujer. Pero es alguien de Cirene. No, no debe ser judío, porque su tierra fue colonia de los griegos. Claro, no entiende nada de lo que está ocurriendo. De lo contrario, no lo ayudaría. Porque nadie ayuda a otro porque sí. Siempre hay un motivo. Yo sí que he sido generoso, mujer. Me conviene hacerlo cada tanto. ¡Si hasta he regalado alguna de mis palomas y corderos! ¿Qué más pueden pedirme? Este nazareno está loco. Tiene la locura de creerse el Salvador. Porque su nombre, Jesús, ¿no significa eso?".
En la sexta, la Verónica limpia el rostro de Jesús. "¿Y ésta? ¿Quién la llamó? Debe de ser una fanática. Quiere llevarse un recuerdo. Vaya uno a saber por qué. Si con eso no puede calmarlo, porque la sangre seguirá fluyendo de todos modos. No vale la pena, mujer. ¿Qué sentido tiene mirar lo desagradable? Ver la sangre ya me descompone. Esta Verónica debe estar enamorada de Jesús o algo por el estilo. Secarle la cara y huir con el lienzo. Para ir a guardarlo en algún lugar de la casa y luego mostrarlo a sus nietos, diciéndoles: ‘Yo conocí a Jesús. Tengo su rostro impreso en el lienzo’. Aunque claro, ¿llegará este hombre a ser famoso? Porque reliquias de los famosos es una cosa y hasta vale la pena pagarlas. Pero de alguien desconocido, como este galileo, que no tiene quien lo defienda ni muchos que lo sigan, por más que digan que hizo milagros, porque si los hubiera hecho en cantidad, los beneficiados estarían aquí, ¿no te parece?".
Séptima estación. Jesús cae por segunda vez. "Para mí que el hombre va caer muerto allí nomás. No tiene fortaleza. Si se cae a cada rato, mujer. Éste que se confesó el Mesías. ¿Te imaginas un Mesías tan poca cosa? No, claro que no. Los héroes son musculosos, valientes y poderosos. Al menos eso es lo que pienso. Con un arma matan a cientos. Porque el pequeño en este mundo va al fracaso. Claro que está lo que hizo David con Goliat. ¿No es éste de la casa de David, de Belén de Judá? No, no puede ser. Si no deja de caerse. Y no es para tanto. Que todavía no lo han colgado. Más vale que algún soldado lo lleve a la rastra. Porque ya no carga su cruz, ni puede con el cuerpo. ¿No se creía rey? Como puede entonces dar tal espectáculo. Vamos, mujer, que se hace tarde y no vale la pena seguir con esto".
En la octava estación, Jesús se encuentra con las mujeres piadosas de Jerusalén. "¡Pero mira cómo lloran aquéllas! Les debe haber pagado algún familiar del condenado. Que vengan a llorar por si lo sueltan. Que quizás nos contagiemos todos y de tanto llanto lo liberen. Claro, son mujeres. Porque los hombres no lloramos y menos por alguien a quien no conocemos. El hombre debe ser fuerte y éste es débil. Pero algo se ve que les dice. Que no lloren por él, sino por sus hijos. ¿Y qué ocurrirá con nuestros hijos? ¿Acaso puede saberlo estando a punto de morir? Pero se han dicho tantas cosas de él, que uno nunca sabe. Que resucitó a un tal Lázaro en Betania. Que hizo oír a los sordos, hablar a los mudos, caminar a los cojos y salir a los demonios. ¿Pero si tiene tantos poderes por qué no se libra de la cruz? No lo entiendo, mujer. Para mí que son todos inventos y que lo único que sabe hacer es hablar. Como esos timadores que se meten en el Templo. Porque si fuera todo verdad, ya hubiera hecho algún milagro. Es uno más de aquellos que se creyeron el Mesías. Porque el Mesías nunca vendrá, mujer. Estamos condenados por la ira de Dios hasta la eternidad. Y no habrá quien nos libre del Averno, donde nos consumiremos en el fuego. No se puede creer en otra cosa. No vale la pena".
Novena estación. Jesús cae por tercera vez. "¡Pero qué barbaridad! Vamos, mujer, que este hombre se ha caído nuevamente. Y ya nadie lo ayuda. Todos se han ido. Están cansados de lo que dura el ascenso. Deberíamos irnos de una vez. Ya me está dando un poco de lástima. Pero, bueno. Todo sea por ver lo que termina ocurriendo. Tal vez sus discípulos vengan a rescatarlo a última hora, cuando estén por colgarlo y no queden tantos soldados dando vueltas. Algo así deben estar tramando. Porque no puedo creer que hayan huido, aunque me dijeron que Pedro, el jefe de todos ellos, ayer por la noche lo negó. ¡Qué vergüenza! Pues que reniegue yo, que no lo conozco, vaya y pase, ¿pero que lo haga su amigo más cercano? Yo no hubiera actuado así. Estoy seguro. A los amigos hay que quererlos y defenderlos. Pero pasa la hora y ellos no dan señales de vida. ¿Tendrán miedo hasta de él? Porque este Jesús sí que dice lo que no se debe decir".
En la décima estación, le quitan las vestiduras. "Bueno, mujer, si hasta aquí hemos llegado, veamos cómo muere. No creo que dure mucho. Si ya es puro hueso. Pero no se queja el hombre. Parece más fuerte de lo que creí. Ni siquiera ha aceptado hiel para mitigar el dolor. Da la vuelta cuando lo claven. No debes mirar eso. Y creo que yo tampoco. Debió guardarse las palabras. No puede uno hablar cuando no se lo piden. Y mucho menos decir tales cosas. Porque nombrar al Todopoderoso como Abba, como Padre, ya ha sido toda una blasfemia. Al menos es lo que dicen los sabios y prudentes. Aunque a mí me da lo mismo. Porque no hay un Dios, ni cosa por el estilo. De lo contrario no estaríamos como estamos. Cada quien tratando de salvar su pellejo. Hasta esos soldados en lo único que piensan es en su propio beneficio. Mira cómo se reparten las vestiduras, que no valen ni un denario".
Undécima estación. Jesús muere en la cruz. "Algo está ocurriendo, mujer. El cielo despejado se ha cubierto y todo se ha puesto negro como si viniera el temporal. Ya deberíamos marcharnos. Si está a punto de morir”. “¡Déjame escuchar, hombre, que tú no crees ni en ti mismo! Jesús es tan bueno que está pidiendo perdón por aquellos que lo han crucificado”. “¡No puede ser, mujer! Ese hombre es un lunático, está fuera de sí. Llama a su padre de los cielos. Ni muriendo se calla de una vez”. “¡Cállate tú, hombre! ¿No tienes algo de piedad en el corazón? Mira cómo se dirige ahora a su madre. 'Mujer, he ahí tu hijo'. Debe estar despidiéndose”. “¡No, qué va! Ese hombre está más loco que nunca. Porque, que yo sepa, Juan no es hijo de María. Vamos, que el cielo está a punto de partirse y puede caer un rayo, o nos mojaremos de pies a cabeza. Los suyos no vinieron. Lo dejaron solo entre las mujeres. Se llevará sus palabras a la tumba y ya nadie se acordará de él”. “¡Yo voy a quedarme, hombre!”. “¿Y a qué, mujer, no lo escuchas? Está diciendo que: 'Todo ha concluido”. “Escucho más bien lo que dice aquel centurión romano”. “¿Qué cosa, mujer?”. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios".
En la duodécima estación, bajan a Jesús de la cruz. "Mujer, que ya debemos irnos. El viento sopla enloquecido, como si le hubieran matado un ser querido. No me lo explico. Como tampoco lo que está haciendo aquel soldado. Traspasándolo con su lanza. Si él ya estaba muerto y no hubo necesidad de quebrarle los huesos”. “¡Hombre, mira!”. “¿Qué cosa, mujer?”. “Hombre, que está saliendo agua junto con la sangre”. “No puede ser, mujer. Vayamos a casa de una vez. Que esto ya es demasiado. Estás viendo visiones y espejismos”. “Hombre, ya te he dicho que me quedo. Déjame ver lo que ocurre. Me gustaría consolar a su madre”. “La muerte no tiene consuelo, mujer. Lo bajarán de la cruz, lo envolverán en mortajas y se lo llevarán. Irá a dormir para siempre. Lo atacarán los gusanos y volverá a la tierra de la que lo sacaron. Para el fin del hombre no hay remedio, no se conoce el camino que nos libre del Averno. Todos tenemos el mismo principio y el mismo final".
Décimo tercera estación. Jesús es sepultado. "Hombre, no hagas ruido que nos descubrirán. Sigámoslos a prudente distancia”. “Pero si no es más que un cortejo fúnebre, mujer. ¿Qué quieres ver? Está muerto. Y son pocos los que lo llevan. Ni siquiera sus seguidores han venido a darle sepultura. Ni eso. Lo colocarán dentro. Le untarán el cuerpo. Correrán la piedra y todo habrá terminado. Su madre se irá con su dolor hasta que el tiempo lo mitigue. Los otros olvidarán las palabras. Palabras. ¿De qué sirven las palabras, mujer? El mundo se guía por los hechos, por lo que se puede experimentar y comprobar. Y yo compruebo que no era más que un lunático. Está muerto como el día. Enrollado en sus palabras. Amor. Paz. Alegría. Justicia. Misericordia. Perdón. Vacías palabras, mujer. Que nada significan en el mundo que vivimos. No era más que un idealista, porque con esas palabras no se pueden cambiar el destino”. “¡Hombre, pero si hasta entregó la vida!”. “¿Para qué, mujer? ¿Dime, para qué?".
Finalmente, la Resurrección de Jesús. "Dos días hace que me tienes aquí, mujer, y nada pasa”. “Hombre, él dijo que al tercer día resucitaría y ya se está por cumplir el tiempo. Concédeme eso nomás. Después volveremos a nuestra vida. Tú harás tus negocios y yo seguiré con lo mío, que dos días no son mucha pérdida”. “Para ti no, mujer, pero sí para mis negocios en el Templo. Estamos en la Pascua y las palomas se venden de a millares”. “¡Hombre, cállate y mira!”. ”¿Qué cosa, mujer?”. “La piedra, hombre, ¿no estás viendo?”. “Deben de ser los soldados que la corren”. “No, hombre, si ellos duermen la mona bajo los cipreses”. “¿Entonces?”. “Pues entonces, es él”. “¡Estás loca, mujer! Debe ser alguno de sus seguidores. Tal vez, Pedro. Para después ir con el cuento de que resucitó como él decía”. “Hombre, si aquí no hay nadie más que nosotros. ¿No lo ves acaso con tus ojos?”. “A los ojos los engaña el cansancio, mujer. Estarse uno acá, tanto tiempo, sin comerla ni beberla. Volvamos a casa de una vez. No me hagas ver lo que no quiero. ¿Qué pretendes, mujer? ¿Qué crea que ese hombre está resucitando y con él sus palabras? Vamos, mujer, no sea que lo terminemos creyendo y acabemos colgando en una cruz".


(*) El presente Vía Crucis forma parte del libro del autor: “Abriendo el Corazón. Confesiones de un peregrino a Medjugorje” (Lumen). Todos los derechos reservados. © Copyright 2002 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar

jueves, agosto 16, 2007

"Pies alados"


Pies alados
Aquí me ves, andando
en busca del sentido de la vida,
con éstos, mis pies desnudos
marcando huellas circulares
sobre el metálico desierto
llamado tiempo;
tendiendo un rastro
de fina y gris arena
sobre el espacio sideral
que tanto sueño recorrer.

Hay momentos tejidos por el gozo,
y escenarios dispuestos
por el dolor punzante,
donde se juntan:
el plomo de las nubes,
la luz brillante del vacío,
la gota musical del segundo,
el suspiro de la lágrima
y el resquemor lacerante de la duda.

Es entonces cuando pienso en Mercurio
y en sus pies alados,
en el descenso planetario
enviado por los dioses;
en la doble vía
del sendero místico;
en aquella larga escalera
por donde subían y bajaban
los ángeles de Jacob;
en el contacto entre cielo y tierra;
en mi ser que es, humus y aire.
¡Ay, entonces sí que vuelo
y mis pies se vuelven pájaros!


(*) Todos los derechos reservados. © Copyright 2007 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar

jueves, diciembre 14, 2006

"La visita de Benedicto XVI a Turquía"

La que debió ser una visita eminentemente pastoral, para la pequeña grey católica que vive en Turquía, y ecuménica, para con la Iglesia Ortodoxa en general —dada la invitación oportunamente recibida del Patriarca Ecuménico Ortodoxo de Cons tantinopla, Bartolomé I para celebrar juntos la festividad de San Andrés—, luego de la polémica suscitada por el discurso de Benedicto XVI en la universidad alemana de Ratisbona a partir de una cita sobre el profeta Mahoma, se convirtió en un gesto de valentía, amor, paz y esperanza del Papa para con el Islam.

Gesto de valentía, porque el Papa pese a las amenazas contra su vida expresadas por grupos extremistas que mal se dicen islámicos, los desplantes iniciales del gobierno turco —que dudaba acerca del tipo de recibimiento que políticamente le convenía dar al Papa—, los anuncios de grandes manifestaciones populares que se realizarían el día previo a su arribo para rechazar su visita —que después fracasaron— y las duras palabras esgrimidas por representantes religiosos luego de su discurso en Ratisbona, se hizo presente en este hermoso país, bisagra histórica y cultural entre Europa y Asia, cuna de la Iglesia de los primeros cristianos (dónde, entre otros, predicaron Pedro, Pablo y Andrés). Y no sólo se hizo presente, sino que, a la par de intentar en todo momento profundizar el diálogo con el Islam, no se calló de pedir por la libertad religiosa y los derechos de las minorías —cuestión que quedó expresada en el Documento Conjunto firmado con Bartolomé I—, así como de reafirmar su fe católica, como lo hizo en la misa junto a la Casa de María, en Efeso, en la que señaló que Cristo representa y es la paz, o en la catedral del Espíritu Santo, al recordar la profesión de fe de Pedro en Cesarea.

Gesto de amor, porque Benedicto XVI viajó a un país en donde este mismo año —el 5 de febrero— fue asesinado en la ciudad de Trabzon el sacerdote italiano Andrea Santoro como consecuencia de las reacciones extremistas contra la publicación de una serie de caricaturas de Mahoma por parte de diarios europeos. Y si bien se refirió a don Andrea durante la homilía de la misa celebrada en la "Meryem Ana Evi" (Casa de María), lo hizo sin ningún rencor, sino para expresar el valor de su testimonio para la pequeña iglesia católica de Turquía que no está exenta de sufrimientos y pruebas. Acto de amor que también fue visible para con el muftí de Estambul, profesor Mustafá Cagrici, quien en su momento lo había criticado duramente —aunque luego aceptó sus explicaciones— por aquella cita considerada "anti islámica", que —vale aclarar— no era de Benedicto XVI, sino una reproducción de un diálogo del pasado. Gesto que no sólo consistió en un saludo fraterno, sino en el dejarse llevar por el muftí dentro de la enorme "mezquita Azul" de Estambul —convirtiéndose así en el segundo Papa en la historia que se hizo presente en una mezquita después de Juan Pablo II— y elevar junto a él una plegaria frente al "mihrab" (lugar que indica la dirección a La Meca). Plegaria conjunta que fue filmada por la televisión turca y cuya imagen recorrió una y otra vez el mundo. Gesto de amor del Papa que también fue para con el primer ministro Erdogan, quien se arrepintió de su decisión inicial de no ir a recibirlo y fue a buscarlo al aeropuerto de Ankara y compartió luego una charla privada al término de la cual manifestó que Benedicto XVI —en un giro de la posición que había explicitado cuando aún era cardenal— alentaba el ingreso de Turquía a la Comunidad Europea.

Gesto de paz, manifestado por el Papa a lo largo de los cuatro días que duró su visita. El primer día, en el mausoleo de Ataturk, en Ankara, donde utilizó palabras del fundador de la República turca, al expresar su deseo de "paz para Turquía y paz para el mundo". Luego, durante la visita a la "mezquita azul" de Estambul, con aquel intercambio de regalos con el muftí, con el simbolismo de la paloma. Una coincidencia por demás significativa, tal como lo manifestó el mismo Mustafá Cagrici, al entregarle al Papa la imagen de una paloma y al recibir de éste un cuadro con varias palomas saliendo de un canasto. Por último, aquella suelta de una paloma real frente a la catedral católica del Espíritu Santo en la que el Papa celebró su misa final. Y este gesto de paz, en todo momento, fue acompañado por una expresión gozosa y contemplativa del pontífice, volviendo a mostrar en público uno de sus carismas más significativos.

Gesto de esperanza, porque el permanente intercambio de signos, saludos, regalos, palabras, y cambios de actitud, prodigados entre las partes, fue trazando un puente de posibilidad, confianza y acercamiento, a semejanza de aquel que une ambas riberas del Bósforo, comunicando Europa con el Medio Oriente. Quienes tuvimos la dicha de seguir al Papa en Turquía —más allá de las estrictas medidas de seguridad, que por momentos parecieron exageradas y dificultaron nuestra presencia en los actos—, partimos convencidos de que sobre ese puente se puede comenzar a construir un intercambio verdadero de dones espirituales que ayude a la resolución de los conflictos que existen en Medio Oriente (Irak, Líbano, Israel...) y que, ni la política, ni las armas, parecen poder resolver.

Tal vez —en lugar de encontrarnos frente al momento culminante del "choque de civilizaciones" que fue anunciado hace unos años en el libro de Samuel Huntington— nos encontremos frente a la oportunidad del "encuentro" de las mismas, tal como fue el deseo de Benedicto XVI al despedirse. La actitud observada en Turquía por parte de los musulmanes de buena voluntad, que comparten con los cristianos el amor a Dios y a su infinita Misericordia, parecerían querer reafirmar esta posibilidad.


(*) artículo de Jesús María Silveyra publicado en el diario Clarín el 13/12/2006

lunes, junio 12, 2006

"San Pedro"

¡Oh, Pedro!
Déjame remar
contigo hacia la orilla
del lago azul,
donde las negras piedras
-soñando con el mar-
brillan bajo la tenue luz,
del amanecer enamorado.
Ojos de tu rabboni.

Déjame cargar
contigo el desencuentro
de la vida,
hecha pozo en el vacío
-que ya no llena la Ley-
y allanar el camino pedregoso,
hacia el monte elegido.
Camino de la cruz.

¡Oh, Pedro!
Déjame confesar
contigo en Cesarea de Filipo,
ver su gloria en el Tabor,
dudar en el atrio de Caifás,
humillarme a la sombra del madero,
hasta que llegue el alba
-alba de domingo-
y corra con Juan hasta el sepulcro
para encontrar las mortajas luminosas.
Luz salvadora de Jesús.

Déjame al fin,
andar con tu cayado,
cargando como pueda
la fe que vacilante me rodea,
hasta que el cielo arda
-como llama de laúd-
y encuentre boca abajo
el amor verdadero.
Esperanza de vida eterna.

martes, mayo 09, 2006

"Entrevista al autor"



ZENIT - El mundo visto desde Roma
Código: ZS06050709
Fecha publicación: 2006-05-07

Se puede salir de la pobreza, demuestra la obra del padre Pedro Pablo Opeka en Madagascar
Entrevista con Jesús María Silveyra, autor de un libro sobre el misionero
BUENOS AIRES, domingo, 7 mayo 2006 (
ZENIT.org).- Salir de la pobreza es posible, demuestra la obra Humanitaria Akamasoa en Madagascar, del padre Pedro Pablo Opeka, sacerdote Vicentino.
Para comprender la labor de este misionero argentino, Zenit publica esta entrevista con Jesús María Silveyra, autor argentino del libro: «Un viaje a la esperanza, salir de la pobreza con trabajo y dignidad» (Editorial Lumen).
- En sus reconocidas obras, entre las que se cuentan: «Pedro, la historia jamás contada», «Los ojos de María», «Los Apóstoles», «Confesiones de un peregrino a Medjugorje», «El camino de la misericordia» y recientemente en su último libro: «Un viaje a la esperanza, salir de la pobreza con trabajo y dignidad», trasciende una clara tendencia de elección en la búsqueda de Dios, ¿por qué?
- Silveyra: En primer lugar, la literatura en sí misma, las ganas de escribir que tuve desde que siendo un jovencito leí, entre otras cosas, «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway, y me dije a mí mismo: «cuando sea grande, voy a ser escritor». En segundo lugar, la Palabra de Dios, que fue afectando mi propia palabra en el proceso de conversión personal. La Palabra que fue nutriendo a mi modesta palabra de un sentido trascendente, de permanente búsqueda del Absoluto y su misterio. La Palabra que fue regando mi pequeña palabra con la grandeza del gozo proveniente del contacto con el Espíritu de Dios, fuente de inspiración, que con su luz, fuego, viento, torrente y calma fue ayudándome a moldear mi palabra. Por último, un llamado y un atisbo de misión que se hicieron presentes en mi vida literaria: contribuir a evangelizar la cultura. Llamado que recogí en 1986, durante la visita del querido Juan Pablo II a la Argentina, cuando el difunto Santo Padre, «el Grande», habló en el teatro Colón de aquella misión reservada para los artistas.
Cada vez que uno de mis lectores se siente llamado, interpelado, conmovido o, simplemente, se pregunta sobre la existencia de Dios y se lanza a su propia búsqueda, siento que estoy aportando un granito de arena en el anuncio del Evangelio. Esto no quiere decir que deba restringir mi literatura únicamente a lo religioso.
-¿Cómo clasificaría sus obras a través del tiempo?
-Silveyra: Como he dicho, mis obras son una búsqueda permanente de Dios a través de la experiencia mística o, si se quiere, del contacto con el misterio. Comencé a publicar a partir de 1992, cuando decidí dedicarme de lleno a la literatura abandonando parcialmente mi vida empresarial. Primero fueron una serie de cuentos que me pusieron cara a cara con la muerte y la esperanza de una vida eterna. Más tarde, me encontré con la figura de san Pedro. Jesucristo había elegido a un hombre débil, como cualquiera de nosotros, que nos hacía llegar con su vida un mensaje de radicalismo evangélico: Pedro, una vez convertido, no sólo confirmó en la fe a sus hermanos sino que entregó su vida por amor a su maestro. En la cruz invertida, en ese «darse vuelta», estaba mostrándonos un camino de conversión y salvación. Posteriormente, escribiendo sobre Los Apóstoles, tomé conciencia de que el Señor nos estaba llamando a todos a «darnos vuelta», a mirarlo y a seguirlo. Redactar la crónica sobre los siete monjes trapenses asesinados en Argelia, fue comprobar que el mensaje de amor cristiano de «dar la vida», estaba vivo en las postrimerías del siglo XX. Finalmente, llegar a Polonia de la mano de santa Faustina Kowalska, acompañando la última visita de Juan Pablo II a su tierra, para encontrarme frente al Jesús Misericordioso, fue recibir la gracia del Señor Resucitado en ese pasaje de la muerte en cruz a la plenitud de la vida en gozo eterno. Entre medio, hubo otros libros. Estuvo la Virgen siempre presente, iluminando mi búsqueda con su mensaje de «Guadalupe», en el que repetía que ella era nuestra madre, la que nos protegía en el hueco de su manto, bajo el cruce de sus brazos; como también lo estuvo la «Reina de la Paz», intercediendo, ayudándome a abrir el corazón un poco más. Por último, publiqué una novela política, cuando la Argentina estaba sumida en una de las peores crisis de su historia. En ella imaginaba un presidente que venía a poner al país de pie, liberándolo de tanta pobreza, marginalidad y frustración. Este presidente fundaba «Centros de esperanza». Abandonaba el protocolo y se iba a construir viviendas con los necesitados. Al cabo de un tiempo eran miles los que se unían a su proyecto de dignificación a través del trabajo.
Creo que, esa novela, fue la antesala para meterme más profundamente en el tema social de la mano del padre Pedro Opeka, experiencia que cuento en mi último libro. En una palabra, a partir del proceso inicial de búsqueda «personal» de Dios, creo que estoy saliendo al encuentro con el «otro» para anunciarle la buena noticia de que Dios está en medio de nosotros y que nos ama.
- Siendo su reciente libro «Un viaje a la esperanza…», el primero que se edita en idioma español dedicado a la reconocida Obra Humanitaria del padre misionero argentino Pedro Opeka en la isla de Madagascar, ¿cómo tomó conocimiento de su existencia?
- Silveyra: Tomé conocimiento de él, por un artículo que apareció en un diario local. El título era: «El sacerdote que rescató de las calles a 17.000 africanos». Más abajo decía: «En lo que antes era un basurero, creó una pequeña ciudad», refiriéndose a la obra de Akamasoa. El padre Pedro Opeka contaba que se había acercado a los hombres de la calle y les propuso salir de esa vida con lo que el podía enseñarles: trabajar”. Me quedé helado cuando leí esto, por la similitud que encontraba entre Pedro y mi personaje novelesco, así como entre Akamasoa (que quiere decir en malgache: «Los buenos amigos») y los «Centros de Esperanza» que yo había imaginado en mi libro. «De pie frente a la miseria, Pedro les propuso crear una nueva vida de trabajo y solidaridad», continuaba diciendo el artículo, para terminar con una frase del padre Opeka muy radical: «La pobreza no es una fatalidad del destino, es algo producido por los hombres, sobre todo por los políticos que prometen y no hacen».
Para mí, era suficiente. Aquel sacerdote de barba larga y ojos claros, que le daban un aspecto profético, tenía algo importante para decirnos a los argentinos. En ese momento yo tenía un programa de radio con mi mujer y alguno de mi hijos («Estamos en familia») que se transmitía por Radio Cultura, y decidí tratar de encontrarlo para hacerle una entrevista. Finalmente di con él, lo entrevisté y quedé conmovido por su testimonio de amor. Tanto, que le propuse escribir un libro sobre él y su obra humanitaria.
- ¿De que manera le ha impactado poder viajar a Madagascar, y más aún, estar cerca y convivir con el padre Pedro Opeka para observar su obra misional y así poder dar su testimonio en este libro?
- Silveyra: Me ha impactado de distintas maneras. En primer lugar, si bien vivo cerca de lugares donde hay mucha pobreza, nunca estuve tan cerca de ella como en Madagascar. No sólo por la situación extrema que se vive en aquél país, sino por el tipo de gente que rescató el padre Opeka del basural. Estar cerca de la pobreza, pienso que me hizo más pobre y, por consiguiente, pude aprender de ellos un sinnúmero de cosas, entre ellas: el saber esperar. El pobre siempre debe hacerlo. Espera ser atendido, curado, educado, alojado, vestido, alimentado. Por lo tanto, es maestro de esperanza. En segundo lugar, me impactó la obra de Akamasoa. Cuatro centros poblacionales, donde funcionan escuelas, dispensarios, empresas y hasta un hospital. Estos pueblos (en el caso de Manantenasoa, casi una ciudad) me hicieron recordar las misiones jesuíticas de América. Pueblos limpios, ordenados, tranquilos, donde se tiene en cuenta a la naturaleza, en los que se respira un espíritu de trabajo y unidad. Me parece que son pocas las experiencias de este tipo que deben existir en el mundo. Lo digo por la integridad del proyecto. Da educación, salud y trabajo, además del contenido espiritual que se trasluce con intensidad en la misa dominical donde se congregan siempre más de seis mil personas. Es decir: el pueblo que tiene esperanza, también tiene fe. Una fe profunda expresada con el particularismo de su raza y su cultura. Verlos bailar o escucharlos cantar, confieso que me contagió de una alegría inusual. Sobre todo, la alegría de los 8.500 niños que van a las escuelas de Akamasoa. Este fue un regalo especial que Dios me concedió en aquel recóndito lugar. Por último (aunque en esto del orden, no siempre hay que guiarse por la estricta enumeración), me impactó la figura del padre Pedro Opeka. Digo en las charlas que doy sobre este libro que Pedro “es testigo y testimonio del amor de Dios”. Creo que con esto bastaría para describir el efecto que causó en mí, vivir y conversar con él, caminar juntos por los pueblos, verlo actuar y decidir. El padre, como misionero de San Vicente de Paul, ha sido fiel al fundador de su Congregación y a Cristo: da su vida por los otros, por los más pobres y desposeídos. Conocer este tipo de personas, que en todo momento tratan de ser coherentes entre lo que dicen y hacen, no es común en el mundo que vivimos.
En una palabra, esta experiencia de vida en Akamasoa, fue triplemente virtuosa: me contagió la esperanza del pobre, robusteció mi fe con la alegría de los niños y me hizo vibrar con el amor del padre Opeka hacia ellos.
- En un discurso de diciembre de 2003, Juan Pablo II afirmó que «la Evangelización es un motor de la promoción humana»: ¿Cómo interpreta estas palabras tras conocer la Obra Humanitaria Akamasoa del padre Opeka en Madagascar?
- Silveyra: Creo, sinceramente, que Akamasoa es una verdadera obra de promoción humana, en todos sus términos. Promueve el futuro de los niños y jóvenes, dándoles educación, salud y alimentación, amparados bajo el techo de una vivienda digna. Promueve a los adultos, dándoles la posibilidad de acceder a un empleo dentro de la Asociación (canteras, fábrica de muebles, talleres mecánico y metalúrgico, mantelería y cestería, construcción, educación, salud, servicios comunitarios) o la libertad de hacerlo fuera de ella, una vez que recibieron capacitación y reconstruyeron sus vidas. Promueve a los ancianos, dándoles un refugio en la vejez, dentro de un contexto familiar donde siguen siendo importantes para el consejo. Este sentido de la promoción humana, se respira por doquier y se traduce en distintos lemas y consignas colocados en los pueblos que alientan a recuperar la cultura del esfuerzo abandonando los tiempos en que muchos de esos jóvenes y adultos vivían de la mendicidad, la prostitución, la droga o el cirujeo en los basurales. El padre Opeka los ayudó a ponerse de pie, para que recuperaran la esperanza en la vida y soñaran con un futuro distinto. En este trabajo, no quiero olvidarme de los más de trescientos cincuenta colaboradores directos de la Asociación. Ellos hacen posible que la «obra de la Providencia» (como gusta llamarla el padre Opeka) continúe funcionando y dando respuestas, no sólo a quienes contribuyen materialmente desde afuera para que las obras de infraestructura sean posibles, sino a quienes desde dentro quieren seguir apostando por el progreso y la dignidad.
-¿Qué mensaje deja a la Iglesia y al mundo la obra cotidiana del padre Pedro Opeka?
- Silveyra: El testimonio del padre Pedro Opeka vivifica la Iglesia en muchos sentidos. En primer lugar, Pedro es un ejemplo del misionero que necesita y siempre ha necesitado la Iglesia. Dejó todo por seguir a Cristo y anunciar la Buena Noticia: casa, padre, madre, hermanos, bienes, su propia patria y hasta su salud (dado que contrajo el paludismo y diversas enfermedades estomacales en Madagascar).
En segundo lugar, porque lo hizo para estar cerca de los más pobres y necesitados, asumiendo la «opción por los pobres» en forma radical y con gran valentía (lo que lo llevó a ser amenazado en varias oportunidades).
En tercer lugar, porque a esa valentía, le unió el amor. Pedro enfatizaba en sus charlas conmigo que: «coraje y dulzura deben ir juntos». Ciertamente en él, el amor se hace presente continuamente: abrazando a un niño, dando consuelo a una madre, escuchando a un adulto, bendiciendo al anciano o despidiendo a un difunto. Amor que mezcla tristezas y alegrías. «Lo que más me duele es cuando se muere un niño». «Cuando estén todas las viviendas terminadas haremos una gran fiesta». Dos frases del padre Opeka que resumen la particular vida cotidiana junto a los humildes.
Por último, en él se hace presente también la acción evangelizadora, no sólo en las misas dominicales donde predica en la lengua malgache que aprendió en el sur de la isla hace ya casi treinta años, sino diariamente en la capilla junto a su casa, donde rodeado de niños preside la oración vespertina, que es un verdadero «canto de esperanza». Tanto, que contagió el título de mi libro convirtiendo mi propio viaje espiritual, en «Un viaje a la Esperanza».

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miércoles, abril 05, 2006

"Andrea Santoro. Otro mártir"


ANDREA SANTORO, otro mártir.


El reciente conflicto entablado entre: los extremistas de la libertad, que no tienen en cuenta los derechos ajenos ni atienden cuestiones de respeto ni de dignidad, y los fundamentalistas religiosos, que repiten que Dios es grande y llaman a matar en su defensa, olvidando que también es Misericordioso y Compasivo, se llevó consigo, además de otros hechos violentos producidos por la publicación de las caricaturas de Mahoma, la vida de un sacerdote católico. Se trata del padre Andrea Santoro, asesinado en la localidad de Trabzon (Turquía), el pasado 5 de febrero.
Quince días antes de ser asesinado había escrito, a sus amigos y colaboradores de Roma, una extensa misiva que fue publicada al mes de su muerte por el periódico católico “Avvenire” y reproducida por la agencia de noticias “Zenit”, la que terminaba con las siguientes palabras:
“...En este corazón a la vez «luminoso», «único» y «enfermo» de Oriente Medio es necesario entrar: de puntillas, con humildad, pero también con valor. La claridad va unida a la bondad. La ventaja de nosotros, cristianos, al creer en un Dios inerme, en un Cristo que invita a amar a los enemigos, a servir para ser «señores» de la casa, a hacerse el último para ser el primero, en un Evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio, en un Dios que se hace cordero y se deja golpear para matar el orgullo y el odio en sí, en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder, es una ventaja que no hay que perder. Es una «ventaja» que puede parecer «desventajosa» y perdedora, y lo es a los ojos del mundo, pero es victoriosa a los ojos de Dios y capaz de conquistar el corazón del mundo. Decía San Juan Crisóstomo: Cristo apacienta corderos, no lobos. Si nos hacemos corderos venceremos, si nos hacemos lobos perderemos. No es fácil, como tampoco lo es la cruz de Cristo siempre tentada por la fascinación de la espada. ¿Habrá quien quiera regalar al mundo la presencia de «este» Cristo? ¿Habrá quien quiera estar presente en este mundo de Oriente Medio sencillamente como «cristiano», «sal» en la comida, «levadura» en la masa, «luz» en la estancia, «ventana» entre muros levantados, «puente» entre orillas opuestas, «ofrecimiento» de reconciliación? Hay muchos, pero se necesitan muchos más. La mía es una invitación además de una reflexión. ¡Vengan!
Los dejo dándoles las gracias por la acogida en las tres semanas transcurridas en Roma. Deseo dar las gracias en particular a muchos párrocos romanos y responsables de varias realidades estudiantiles que me han invitado a tener encuentros o testimonios. Doy gracias a Dios por cuantos han abierto su corazón. Pero que esté aún más abierto y sea aún más valiente. Que la mente esté abierta a entender, el alma a amar, la voluntad a decir «sí» a la llamada. Abiertos también cuando el Señor nos guía por senderos de dolor y nos hace saborear más la estepa que las briznas de hierba. El dolor vivido con abandono y la estepa atravesada con amor se convierte en cátedra de sabiduría, fuente de riqueza, seno de fecundidad. Estaremos en contacto. Unidos en la oración los saludo con afecto...”

Estas palabras del padre Andrea Santoro, escritas a sus amigos de Roma el 22 enero de 2006, parecían preanunciar su muerte, que sobrevendría unos días después, mientras rezaba arrodillado en su iglesia de Santa María de Kilsesi, en la localidad de Trabzon, junto al mar Negro. Aproximadamente a las 15:30 horas, luego de haber celebrado la misa dominical, recibió dos disparos fulminantes. Según testigos de los hechos (una colaboradora y un feligrés) alguien le disparó gritando “Alá Akbar” (Dios es Grande). Dos días después, la policía atrapó a Ouzan Akdil, un joven de 16 años, quien reconoció haber actuado movido por la rabia que le produjo la publicación en la prensa occidental de las caricaturas de Mahoma. Aunque las autoridades turcas no descartan otros móviles, se supo que el joven podría estar vinculado a los “Lobos grises”, el grupo radical islámico al que pertenecía Alí Agca, quien atentó contra el difunto Juan Pablo II en 1981.
El padre Andrea Santoro tenía sesenta años (treinta y cinco como sacerdote), residía en Turquía desde el año 2000 como misionero enviado por la diócesis de Roma y trabajaba en el diálogo interreligioso. Aquel domingo 5 de febrero, el calendario litúrgico mandaba leer el evangelio de Marcos (Mc. 1,29-39), que menciona aquellas palabras de Jesús que el padre Andrea había hecho carne: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, a predicar también allí, pues para eso he salido”.

El testimonio de este nuevo mártir debiera servirnos como reflexión a todos, para que el preanunciado choque de las civilizaciones del que hablara Samuel P. Huntington hace ya varios años, Inshalá (“Si Dios quiere”) no nos termine arrastrando a un callejón sin salida.
El Papa Bendicto XVI, quien tiene planeado este año un viaje a Turquía, refiriéndose a la muerte del padre Andrea, dijo: “que la sangre derramada sea semilla de esperanza para construir una auténtica fraternidad entre los pueblos”. Nos unimos a esa oración.

martes, marzo 21, 2006

"Los mártires de Argelia"

Como lo señalo en mi libro “Los mártires de Argelia”, cuando me enteré por boca de Dom Bernardo Olivera, Abad General de la Orden, del asesinato de los siete monjes trapenses ocurrido en Argelia en 1996, el hecho me conmovió. ¿Por qué? Simplemente por el hecho de que hubiese cristianos, en las postrimerías del siglo XX, que estuvieran entregando su vida por Cristo y por el Evangelio (más allá de que provinieran de una Orden religiosa con la que yo estaba tan ligado afectivamente, por mi cariño hacia Bernardo y a la comunidad argentina de Nuestra Señora de los Ángeles).
En una palabra, me impactó el hecho de saber que existía gente comprometida que amaba a Dios hasta el extremo de dar su vida por el amado, mientras por otro lado, tantos católicos huían de la Iglesia porque parecía que el fuego del Espíritu se había apagado. Pero los trapenses recorrían el camino de la entrega mediante un testimonio muy particular. Habían sido advertidos por las autoridades oficiales de Argelia (que era peligroso permanecer en el monasterio de Tiribine), por la Orden a través del propio Dom Bernardo (quien los había autorizado dejar el monasterio cuando lo consideraran necesario) y hasta por los propios fundamentalistas (a través de un comunicado dado a conocer públicamente pidiendo a todos los extranjeros que salieran de Argelia). Sin embargo, ellos optaron por quedarse y correr los riesgos. ¿Por qué? Por múltiples razones, entre las que podrían destacarse: el voto de estabilidad (permanecer en el monasterio hasta la muerte, aunque tuvieran la dispensa), continuar dando testimonio de la presencia de Cristo en el lugar (una colina de los montes Atlas, donde las campanas iban marcando la liturgia de las horas), la relación con la comunidad musulmana de los alrededores (que no eran fundamentalistas y algunos de los cuales trabajaban en el monasterio), el apostolado interreligioso que irradiaban (a través de los grupos de diálogo) y el amor por Argelia (donde los cristianos son una pequeña minoría y, justamente, el hecho de ser minoría ahonda el misterio de la evangelización). En mi modesta opinión, todo se resumiría en decir que se quedaron por amor a Dios y al prójimo (que en esta caso, eran los próximos).
Cuando comencé a realizar la investigación (en base al material que me suministraba Dom Bernardo) una de las cosas que más me impactó, fue aquella frase que acompañaba el escudo del monasterio: “Todo terminará bien, ¡aleluya!”. Frase de la mística inglesa Juliana de Norwick, que los monjes fundadores de Tiribine habían escogido. Racionalmente, encerraba una contradicción, ya que la mayoría de sus ocupantes terminarían degollados. Sin embargo, leída con ojos contemplativos, es decir, con ojos humanos pero en frecuencia o mirada divina, encerraban una gran verdad... Todo terminaría y terminó bien. Dieron testimonio hasta entregar la propia vida y el Padre, por ese gran amor donado, los habrá ensalzado revelándoseles cara a cara.
El testamento del abad de Tiribine, Christian de Chergé, anticipa algo en sintonía con esta mirada contemplativa, cuando refiriéndose al posible enemigo que le llegara a quitar la vida (fue escrito antes de que ocurrieran los hechos) se refiere al encuentro en el paraíso y la contemplación del otro en el rostro de Dios. Dicho testamento espiritual del padre Christian no tiene desperdicio y debería servir de elemento catequístico a la hora de hablar del perdón humano, en tiempos en los que la pastoral sobre la reconciliación y la misericordia resulta fundamental. Si a ello, le sumáramos la lectura del diario del hermano Christophe (verdadero proceso de abandono en la voluntad divina), contaríamos con material importante para ligar la capacidad de perdón con la de donación y entrega a Dios. Prueba de ello, unos versos de Christophe: “La llama se ha inclinado, la luz se ha ladeado... Puedo morir y heme aquí”.
Acá les comparto el Testamento de Dom Christián de Chergé (para más información remitirse a mi libro: “Los mártires de Argelia – Ediciones Paulinas, Buenos Aires, Argentina).

TESTAMENTO DE DOM CHRISTIAN DE CHERGE
(Abierto el Domingo de Pentecostés de 1996)


Cuando un A-Dios se vislumbra…..

Si me sucediera un día -y ese día podría ser hoy-
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento
a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país.
Que ellos acepten que el Unico Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.
Que recen por mí.
¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.
Mi vida no tiene más valor que otra vida.
Tampoco tiene menos.
En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.
He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.
Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.
Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.

En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.
Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la “gracia del martirio”
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.
Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.
Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila,
identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mi son otra cosa, es un cuerpo y un alma.
Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.
Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón
a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
“¡qué diga ahora lo que piensa de esto!”
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.
Entonces podré, si Dios así lo quiere,
hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con El a Sus hijos del Islam
tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.
Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida,
yo los incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy
y a vosotros, oh amigos de aquí,
junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.
Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este “A-DIOS” en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido reencontrarnos, ladrones bienaventurados,
en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMEN!

Argel, 1 de Diciembre de 1993
Tibhirine, 1 de Enero de 1994
Christian de Chergé.

viernes, marzo 17, 2006

"Las Apariciones de la Virgen"

Me referiré a tres destacadas Apariciones de la Virgen de los últimos ciento cincuenta años: Lourdes, Fátima y Medjugorje, sin menoscabar a las otras, mucho menos a la de Guadalupe, porque María ha dicho a una de las videntes de Medjugorje que ella se aparece en Bosnia pero que vive en México (en la tilma del indio Juan Diego recientemente canonizado por el Papa).
Lo primero será ubicarnos brevemente en el plano doctrinal (en base a extractos del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe respecto a Fátima), para pasar luego al contexto en el que tuvieron lugar, la forma en que se presentó la Madre de Dios, sus mensajes y los mensajeros. Finalmente, intentaré hallar algunos rasgos comunes entre ellas.
Dos de estas apariciones (Lourdes y Fátima) han sido reconocidas oficialmente por la Iglesia. En el caso de Medjugorje, las mismas están en estudio y la Iglesia no se ha expedido definitivamente aunque no prohíbe las peregrinaciones privadas al Santuario. Al respecto, cabe destacar la reciente bendición apostólica enviada al padre Jozo, uno de los franciscanos que con más ahínco ha propagado la devoción a la Reina de la Paz.
La doctrina de la Iglesia distingue entre la «revelación pública» y las «revelaciones privadas». Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino de esencia. El término «revelación pública» designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en el Antiguo y Nuevo Testamento. Se llama «revelación» porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta hacerse él mismo hombre. En Cristo, Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo.
El hecho de que la única revelación de Dios haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: «Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos». En este contexto es posible entender correctamente el concepto de «revelación privada», que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar posteriormente. El Catecismo de la Iglesia Católica, agrega: «A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia... Su función no es la de “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia ».
La revelación pública exige nuestra fe; porque en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble si remite a la única revelación pública. Por lo tanto, podemos o no creer en ellas.
San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, nos dice: «No apaguen el Espíritu, no desprecien las profecías; examinen cada cosa y quédense con lo que es bueno ». En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; en cambio, el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los «signos de los tiempos». Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.
Las Apariciones de María, por lo tanto, no añaden nada al credo ni al Evangelio, sino que son un toque de atención para una época que tiende a olvidarlos, son como una visita profética a nuestro mundo. Dios no nos centra en lo maravilloso o extraordinario: por las apariciones nos indica que volvamos al Evangelio, que es la Palabra de su Hijo, la Palabra de Vida. La conformidad del mensaje con el Evangelio, la autenticidad de la vida del o los testigos, los frutos de santidad que salen de él o ellos para el pueblo de Dios, esos son los criterios de autenticidad de una Aparición en la Iglesia.

Pasemos ahora al contexto de las mismas, comenzando por Lourdes. Corría el año de 1858 en este pueblo de 4.000 habitantes recostado sobre los Pirineos, que se destacaba por su industria molinera de trigo. La iglesia en Francia vivía momentos difíciles debido a los movimientos anticlericales. Los hechos de Lourdes venían a completar las Apariciones de María a Catalina Labouré (1830) en la rue du Bac de París y la devoción a la medalla milagrosa, con aquella frase: “Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos”.
Bernardita Soubirous es la mayor de cinco hermanos. De familia humilde, caída en la desgracia económica, a tal punto que viven todos en una sola habitación de 16 metros cedida a regañadientes por un primo paterno, a la que llaman el “calabozo”. Tenía catorce años cuando se producen las apariciones. No sabía ni leer, ni escribir. Padecía de asma. Y aunque tenía formación religiosa, todavía no había hecho su primera comunión. A los 22 años ingresa al convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers. Muere a los 35 años. Sus restos permanecen intactos.
Un 11 de febrero de 1858, sale a buscar leña con su hermana y una amiga de esta. Deciden cruzar el canal que alimentaba de agua al molino de un tal Savy, para ir hacia el bosque. Bernardita se detiene a quitarse las medias, con el río Gave a su derecha y la “gruta de Masabielle” a la izquierda, transponiendo el canalito. Según relata: “Oí un rumor de viento como cuando hay tormenta”. Sin embargo sólo se movían las ramas junto a la gruta.
María se presenta de la siguiente manera, según el relato de Bernardita: “ella llevaba un traje blanco que le llegaba hasta los pies. El vestido iba cerrado alrededor del cuello con un pliegue dorado del que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco le cubría la cabeza y caía a lo largo de los hombros y los brazos hasta el bajo del vestido. vi. una rosa amarilla encima de cada pie. El cinturón del vestido era azul y le caía hasta las rodillas. La cadena del rosario era amarilla; las cuentas blancas, grandes y bastante separadas unas de otras”. Según dijera Bernardita, la joven era más o menos de su estatura (un metro cuarenta), portaba el rosario en la mano derecha, y estaba rodeada de luz. Además, aparecía sobre una zarza.
Son dieciocho las Apariciones de María, entre el 11 de febrero y el 16 de julio. En la mayoría de ellas, no se produce diálogo alguno o al menos es lo que refiere Bernardita. Bernardita siempre cae de rodillas con el rosario en la mano y comienza a rezar hasta entrar en estado de éxtasis. Recién en la tercera Aparición, María le habla y le pide si puede venir durante 15 días a la gruta. En su novena Aparición (24 de febrero), pide: “Penitencia. Penitencia”. “Ruega a Dios por los pecadores”. “Ve a besar la tierra en penitencia por los pecadores” (¿Será este gesto el que repite el Papa al besar la tierra cuando llega de viaje a un país?). Al día siguiente le pide que vaya a beber a la fuente y se la ve la cara. (La fuente no existía, pero Bernardita descubre el manantial arañando la tierra bajo una roca). El día 27, le pide que vaya a decirle al párroco que tiene que construir allí una capilla y venir en procesión (el párroco pedirá un signo). El 4 de marzo se juntan más de 10.000 personas en la gruta y se producen las primeras curaciones con las aguas del manantial. El 25 de marzo, Fiesta de la Anunciación de la Virgen, la Virgen manifestará lo central de su mensaje en Lourdes, al presentarse diciendo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esto es notable, ya que cuatro años antes, el Papa Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Bernardita no tenía la menor idea de ello ya que era escasa su formación.

Veamos lo que ocurrió en Fátima. Corría el año de 1917. Estamos en plena guerra mundial. Hace pocos meses, los Estados Unidos ingresaron en el conflicto y Portugal acaba de enviar sus primeras tropas al frente para luchar del lado de los aliados. Lenín ha vuelto a Rusia después de producida la revolución y la caída del Zar.
Fátima (que debe su nombre árabe a la hija de Mahoma) es una aldea de apenas 2000 habitantes entre valles y colinas. A 2km está la aldea de Aljustrel donde viven: Lucía (10 años), Jacinta (7 años) y Francisco (9 años). Sus padres son campesinos del lugar, ni pobres ni ricos. Poseen pequeñas tierras con higueras y olivos, donde cultivan el maíz y el trigo y poseen rebaños de ovejas. Los niños son primos hermanos entre sí. Lucía dos Santos y Francisco y Jacinta Marto. Lucía es la portavoz del grupo. Jacinta si bien ve y oye las respuestas de María, nunca se dirige a ella. Francisco solo la ve, pero no escucha lo que le dice a Lucía. Francisco y Jacinta mueren a los pocos años de las apariciones debido a distintas enfermedades (a los 2 y 3 años). Ambos son beatificados por su Santidad Juan Pablo II, en 1989. Sus restos descansan en el Santuario. Lucía toma primero el hábito de Santa Dorotea y luego ingresa en el convento de las hermanas carmelitas de Coimbra. Aún vive.
El 13 de mayo después de la misa, los niños van a pastorear los corderos de ambas familias a un lugar llamado la Cova de Iria (el valle de Irene). Al mediodía, después de comer y mientras rezan el Rosario, sienten un primer relámpago y luego un segundo, que los llena de temor. Se dan vuelta y ven la figura luminosa de una Señora posada sobre una encima de metro y medio de altura.
Según la describiera Lucía, la Señora del resplandor representa unos dieciocho años de edad. Resplandece su rostro, rodeado de un círculo de luz brillante. Sonríe amablemente pero con aire de tristeza. Lleva un vestido blanco brillante, bordeado de un galón dorado que se cierra en el cuello. Encima, un manto blanco también rematado de oro le cubre la cabeza y baja hasta los pies desnudos, separados de la parte superior de la encina por una nubecilla blanca.
En esa primera Aparición ante las preguntas de Lucía, responde: No tengan miedo. Soy del cielo. Les pido que vengan aquí seis veces seguidas, a esta hora, el día 13 de cada mes. En octubre les diré quién soy y que quiero. Les pide que recen el Rosario todos los días para lograr la paz del mundo y el fin de la guerra. La segunda vez (acompañados por 60 personas), se les vuelve a aparecer precedida por el relámpago. Les pide que recen el Rosario y aprendan a leer. La tercera Aparición tiene lugar el 13 de julio. Ya son 5.000 personas las que los acompañan. Les vuelven a pedir que recen el Rosario para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra. Reciben el llamado “Secreto de Fátima” y tienen la visión del infierno. En la primera y segunda parte del secreto anuncia la Segunda Guerra y les pide que Rusia sea consagrada a su corazón (esto según las revelaciones tardías de Lucía, conocidas como Fátima II). La tercera parte del secreto fue revelada hace unos años y predecía el futuro atentado a Juan Pablo II, en mayo de 1981 (según reconoce el Papa, fue la Virgen de Fátima la que le salvó la vida). El 13 de agosto se habían juntado 20.000 personas esperando la Aparición pero los niños son detenidos por las autoridades. El sol se ensombreció y muchos pudieron verlo. Al domingo siguiente de ser liberados (19 de agosto) los niños, esta vez solos, vuelven a verla. Insiste en que recen el Rosario y en el milagro que se producirá con la última Aparición. Con el dinero que se ha juntado les pide que construyan dos andas para la procesión el día de Nuestra Señora del Rosario. El 13 de septiembre son 35.000 personas las que los acompañan y cuando la Virgen se aleja algunos ven un óvalo luminoso. Lucía le habla de construir una capilla. La Virgen sigue pidiendo el rezo del Rosario. Por fin, el 13 de octubre tiene lugar la última Aparición. Hay más de 70.000.- personas congregadas pese al frío y a la lluvia. Los tres niños caen en éxtasis cuando se presenta María. Les dice. Soy Nuestra Señora del Rosario. Deseo que se construya una capilla en mi honor y que se siga rezando el Rosario todos los días. La guerra ya llega a su fin. Es preciso que los hombres se enmienden, que pidan perdón por sus pecados. María se eleva abriendo las manos que reflejan la luz del sol que aparece entre las nubes. Miles ven al sol girando. Lucía ve a José con el niño en brazos (tal como ella le había prometido), a Jesús adulto y a María en el medio vestida de blanco pero con el manto azul-celeste.

Por último, pasemos a Medjugorje (que quiere decir “entre las montañas”). Corre el año de 1981 en esta aldea de apenas 3.000 habitantes, ubicada en una zona montañosa de Bosnia-Hercegovina, en aquel momento formando parte de Yugoslavia. El régimen comunista instalado por Tito impera en la zona, con la particularidad de que permitían el culto religioso dentro de los templos (dicen que porque la madre de Tito, siendo croata, era una ferviente católica). Diez años después vendrá la caída del régimen y la disolución de la antigua República, no sin antes pasar por tremendas guerras. Eslovenia, Croacia y Macedonia declaran su independencia en 1991 y Bosnia-Hercegovina lo hará en 1992, cayendo en la guerra civil que se extenderá hasta el verano de 1995.
En este caso, serán seis jóvenes de entre 10 y diecisiete años, los que verán a la Virgen. Vicka (la mayor), Ivanka, Mirjana, Iván, Marija y Jacov (el menor). Todos hijos de sencillos campesinos que cultivan el tabaco y la vid y poseían algún rebaño de ovejas. Niños formados en la vieja religiosidad católica extendida por los franciscanos en la zona, que el régimen combatía en las escuelas. El signo particular, es que los seis videntes a partir del 24 de junio de 1981 verán a la Virgen todos los días hasta recibir los diez secretos. Hoy en día, tres de ellos reciben diariamente la visita de la Virgen (Vicka, Iván y Marija, esta última actúa como portavoz de los mensajes mensuales). Y ya han pasado más de 20 años. Los otros tres (Mirjana, Ivanka y Jacov) la ven una vez al año ya que ya han recibido dichos secretos. Secretos que, según los videntes, serán revelados cuando María lo indique pero que han entregado a sus confesores. A diferencia de las videntes de Lourdes y Fátima (me refiero a Lucía), los de Medjugorje no han tomado hábito religioso alguno y todos están casados y con hijos. Vicka se casó hace dos años y está embarazada.
La primera Aparición tiene lugar el 24 de junio en una de las colinas del monte Podbrdo (conocido como el monte de las Apariciones). Mirjana e Ivanka están pastoreando en horas de la tarde el rebaño familiar. Ven una figura luminosa como elevada en la colina. Ivanka le dice a su amiga: “Mira, la Gospa” (como dicen en croata a la Madre de Dios). A lo que su amiga no le presta atención. Pero rato después volverán al lugar con los otros chicos y nuevamente la ven. Vicka dirá que vestía un atuendo gris, con velo blanco sobre el cabello oscuro, que llevaba un niño en sus brazos.
Al día siguiente, 25 de junio tendrán el primer contacto con ella (por tal motivo se celebra este día como el de las Apariciones). María en el mismo lugar, esta vez sin el niño Jesús en brazos, luego de tres resplandores de luz, se les aparece y responde alguna pregunta sobre la madre de Ivanka recién fallecida. Ese día una gran luz del cielo descendió sobre Mejdugorje que todo el pueblo pudo ver. Al tercer día les dará su primer mensaje: “Deseo estar con ustedes para reconciliar y convertir al mundo entero”. Y le dirá a Marija en forma particular: “¡Paz, paz, paz y sólo paz! ¡Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres!”. Los niños comienzan a ser perseguidos por la policía, porque no están permitidas las aglomeraciones en lugares públicos. No obstante, se calcula que para el 28 de junio ya son quince mil las personas que van al monte. María les dice a los videntes: “¡No teman nada! ¡Que la gente ore y crea y no tenga temor a nada! ¡Yo soy la Reina de la Paz y he venido a traer la paz! Finalmente los jóvenes le pedirán a la Virgen que se les aparezca dentro de la iglesia de Santiago Apóstol, de la que es párroco el padre Jozo (al principio éste duda de los relatos de los niños, pero la Madre de Dios también se le aparece y protege a los niños, por lo que sufrirá cárcel y torturas).
Dado el tenor y la extensa duración de estas Apariciones, es difícil resumir el contenido de los mensajes pero trataré de hacerlo. Hay tres etapas bien marcadas. Primero, son mensajes personales, para la formación de los jóvenes. A partir de marzo de 1984, comienzan los mensajes semanales para la parroquia (es decir para todo el pueblo) transmitidos por Marija. A partir de enero de 1987, los mensuales para todo el mundo, el día 25 de cada mes (fecha similar a la de San Nicolás). Esto no quiere decir que no reciban mensajes diarios, pero el grupo de común acuerdo ha optado por esta vía.
Las cuatro líneas de mensajes que más me impactaron, serían las siguientes:
1- La invitación a la conversión y el cambio de vida mediante cinco instrumentos: El Rosario, la Eucaristía, la Lectura Bíblica, el Ayuno y la Confesión.
2- El llamado a abrir nuestro corazón. “Abran el corazón”. "Abran el corazón como se abren las flores a la primavera. Si abren su corazón y oran, podrán ocurrir milagros".
3- El llamado a la paz. La GOSPA le dice a Marija el tercer día: "Paz. Paz. Paz. Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres". Me llama la atención esto de la paz entre el hombre y Dios. El hombre pareciera estar en conflicto con Dios y por ende lo está con los hombres. María les dice: "No puede haber paz en e mundo si no la hay en sus corazones". La paz de la que habla María, no es la paz de la ausencia de conflictos que muchas veces son inevitables, sino aquella que sólo Dios nos puede dar. Orar para alcanzar la paz interior y que el Señor entre en nuestro corazón. Abandonar la lucha y entregarnos a la voluntad de Dios.
4- La demostración del amor de Dios a través de María. "Si supieran cuanto los amo, llorarían de alegría". Relación con el mensaje de Guadalupe: ¿NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY TU MADRE? ¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO? ¿NO SOY YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA? ¿NO ESTÁS EN EL HUECO DE MI MANTO, BAJO EL CRUCE DE MIS BARZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA OTRA COSA? QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PERTURBE.

Veamos ahora si podemos encontrar relaciones entre estas Apariciones.

Primero: LA VIRGEN SE PRESENTA DE ALGUNA FORMA PARTICULAR, dando origen o renovando alguna advocación. En Lourdes, le dice a Bernardita: SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN. En Fátima, a Jacinta, Francisco y Lucía: SOY NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO. En Medjugore: SOY LA REINA DE LA PAZ. Distintas formas de presentarse: Inmaculada, Señora, Reina.

Segundo: HAY UNA PARTICULAR ELECCIÓN DE MENSAJEROS O VIDENTES. Lo hace en el primer caso a una niña de 14 años, de un hogar humilde que atraviesa problemas económicos. En Fátima a tres niños de 10, 9 y 7 años, pastorcitos, hijos de campesinos. En Medjugorje a 6 jóvenes, entre 10 y 17 años, también hijos de campesinos. Es una selección creciente de mensajeros (uno, tres, seis) como si cada vez fueran necesarios más testigos para que creamos. Además, la elección recae en niños, que provienen de hogares sencillos. (YO TE ALABO PADRE PORQUE HAS OCULTADO ESTAS COSAS A LOS SABIOS Y PRUDENTES Y SE LAS HAS REVELADO A LOS HUMILDES).

Tercero: EL MARCO DE LA APARICIÓN. En Lourdes precedida por un intenso viento. En Fátima por relámpagos y en algún caso, dejando perfumes. En Medjugorje por resplandores de luz intensa. ESTOS EFECTOS SOBRENATURALES REFUERZAN EL ACONTECIMIENTO.

Cuarto: EL CONTEXTO EN EL QUE SE PRODUCEN. En Lourdes, en un momento en que en Francia surgen fuertes movimientos anticlericales y el dogma de la Inmaculada Concepción es resistido. En Fátima, durante la Primera Guerra Mundial. En Medjugorje, bajo un régimen comunista y en la antesala de una tremenda Guerra Civil. Es decir, EN CONTEXTOS CONFLICTIVOS.

Quinto: DEJA ALGÚN SIGNO VISIBLE. En Lourdes, el manantial que brota dentro de la gruta, debajo de la roca, cuando Bernardita araña la tierra. En Fátima el sol que gira y ven miles de personas. En Medjugorje, la palabra MIR (Paz) escrita en el cielo y el sol que gira y han visto miles de peregrinos. PARECIERA QUE ESTOS SIGNOS SE PRODUCEN PARA QUE OTROS (ADEMÁS DE LOS VIDENTES) VEAN ALGO.

Sexto: LA FORMA EN QUE SE PRESENTA. En Lourdes se Aparece en una gruta, a cierta altura del suelo, sobre una zarza, vestida de blanco, iluminada, con un rosario en la mano y una rosa amarilla encima de cada pie. En Fátima aparece revestida de luz, suspendida en el cielo sobre una encina en la Cova de Ira, lleva también el manto y la túnica blancas. En Medjugorje se aparece sobre un cerro del monte Podboro, también revestida de luz, a cierta altura del suelo, vestida de gris con velo blanco, cargando al niño en brazos el primer día y luego con el rosario. El velo blanco y la luz son un común denominador. María se presenta revestida de la gloria que ha alcanzado al ser ASUNTA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS.

Séptimo: HAY UN MENSAJE CENTRAL. En Lourdes, rezar el Rosario, hacer penitencia y creer en su Inmaculada Concepción. En Fátima rezar el Rosario, convertirse y hacer penitencia por la paz del mundo y el fin de la guerra. En Medjugorje también invita a la conversión, el rezo del rosario y la penitencia para alcanzar la paz interior y la del mundo. EL ROSARIO ES UN COMÚN DENOMINADOR.

Octavo: LOS FRUTOS DE LAS APARICIONES. En primer lugar la universalidad de los santuarios: acuden peregrinos de todas partes del mundo. En segundo lugar su arraigo popular: son millones los peregrinos que acuden a estos Santuarios todos los años. Por último, las gracias concedidas, tanto espirituales como materiales: curaciones, conversiones, renovación espiritual, etc...
Y ustedes podrán encontrar muchas más relaciones.

Presentación, elección, marco, contexto, signos, forma, mensaje. Algo común en las Apariciones de María quien si bien aparece suspendida en el aire, a cierta distancia del suelo, viene hacia nosotros, se acerca para invitarnos a la conversión de vida y llevarnos hasta su Hijo Jesucristo, apoyados en la oración. Porque siempre hace mención a la oración. El Rosario es central en esto. Y en Medjugorje especialmente: OREN CON EL CORAZÓN. SIN ORACIÓN NO HAY PAZ. SEAN PERSEVERANTES EN LA ORACIÓN. NO PUEDEN ABRIRSE A DIOS SI NO ORAN. OREN PARA TENER UNA FE FIRME. OREN PARA QUE DE SUS CORAZONES FLUYA UNA FUENTE DEE AMOR HACIA CADA HERMANO, TANTO EL QUE LOS ODIA, COMO EL QUE LOS DESPRECIA. A TRAVÉS DE LA ORACIÓN CREZCAN DÍA A DÍA EN LA INTIMIDAD CON DIOS. Y SOLAMENTE ENTONCES CUANDO ABRAN SUS CORAZONES Y OREN, PODRÁN OCURRIR MILAGROS.