Jesús María Silveyra

viernes, abril 18, 2025

Muerte y Resurrección


 El clavo.

La carne.

Los huesos.

El madero.

La gota de sangre,

cayendo en el suelo.


La hora.

La tarde.

La sed.

El vinagre.

Y el grito del hombre,

razgando, 

del templo el gran velo.


Los ojos.

La madre.

El hijo.

La voz entregando,

por siempre,

su amor desde el cielo.


Palabras.

Imágenes.

Cristiano es aquel,

que recuerda el Calvario,

el dolor, la muerte y el duelo.


Palabras.

Imágenes.

Cristiano es aquel,

que mueve la piedra

y encuentra la tumba vacía

para comenzar de nuevo.


Jesusmaríasilveyra@2025

domingo, abril 13, 2025

La casa del Viento






La “casa del viento” la compró el abuelo y la heredó el nieto. Huayra Huasi es el nombre de la casa. No se cierran las ventanas, ni vale la pena, porque el viento rompe los vidrios. La puerta permanece siempre abierta, con un taco de madera que la traba. No hay adornos dentro, sólo una marca del lugar en que estaba el catre donde dormía el abuelo.

El abuelo murió hace unos días y le dejó la casa en herencia, pero al nieto le da pánico dormir allí porque de noche el viento entra en la casa cubierto con máscaras de arena. Dicen que el abuelo se montaba en el viento y salía a recorrer el “Campo de Piedra Pómez”. Pero el nieto sólo puede ver figuras tenebrosas cuando está dentro.

El nieto, no sabe mucho del viento, pero conoce que mueve molinos y velas, que también horada las piedras y construye figuras de la mano del tiempo. Esas figuras son criaturas del viento. Hasta puede decirse que a las montañas las talló el viento; que picos y laderas, quebradas y valles, son sus obras.

El viento levanta el polvo y mueve la tierra, formando dunas en los desiertos. Cuando sopla con furia, hay que cubrirse la cara y taparse los ojos. Aturde. Hace perder el equilibrio. En el mar es artífice de parte de su movimiento junto con la luna. Levanta las olas y las deja caer produciendo espuma con la sal. Hace volar a los peces y temblar a los barcos. Es el que despierta a las sirenas y las invita a peinarse en las rocas.

Eolo era el dios que representaba al viento en la mitología griega. Era temido y respetado a la vez. Le prestó ayuda a Ulises en su regreso a Itaca.

El nieto no sabe por qué razón el abuelo compró esa casa perdida en la puna de Catamarca. En un pueblito llamado el Peñón, como si la puna fuera un mar y la casa del viento la proa de un barco.

El abuelo allí tuvo una amante criolla, porque el viento de allí es el más criollo de todos los vientos. Es cobrizo, con pómulos salientes y esconde sus ojos del paso del tiempo.

Parece que la amante del abuelo se llamaba Anemoi. Lo curioso es que no es un nombre aimara, sino griego. Esa tal Anemoi había sido traída por el viento. El abuelo nunca supo de dónde venía. No hablaba, soplaba. Algunas noches el abuelo le ponía una quena en los labios y Anemoi la hacía sonar y creaba música del altiplano, a veces triste, a veces luminosa y alegre.

La música de los vientos erguía al Peñón y a las montañas. Dicen que el viento fue el que ideó las primeras flautas en Oriente, esas que encantan serpientes. Y que luego creó la quena, el oboe, el clarín, la corneta, el saxofón, la trompeta, la armónica y todos los instrumentos de viento que conoce el hombre. Incluso el cuerno, el shofar, que hacían sonar los hebreos.

Dicen que el abuelo, a ella le hacía el amor sobre el viento. Y que Anemoi daba suspiros que se perdían en el tiempo. Esos suspiros eran los que en el recuerdo lo hacían volver al Peñón al abuelo. Extrañaba los suspiros cuando estaba en Buenos Aires, donde el viento quedaba atrapado por las calles y sólo profería lamentos de encierro.

Al nieto le dijeron que la casa no vale mucho. Cómo va a valer si es etérea como el viento. Valdrá lo que pesa el polvo en la balanza del recuerdo, pero no mucho más que eso. Tal vez pueda comprarla un mercader de tiempo y arena, esos que se pasan la vida caminando por los desiertos, vendiendo ilusiones y encuentros.

El abuelo pidió que lo enterraran allí, en el Peñón, fuera de la casa, donde solía sentarse a contar las nubes. La familia quiere traerlo al cementerio de la Recoleta y ponerlo en una tumba donde sólo hay fantasmas de un pasado de esplendor. Una cuestión de alcurnia, le dijeron al nieto. Pero, en Buenos Aires, nadie mira el cielo.

El nieto no sabe bien qué hacer, porque el viejo lo dejó escrito en el testamento. “Entiérrenme en el Peñón, junto a la casa, donde solía sentarme a contar las nubes. El catre es para Anemoi y la casa para mi nieto Martín. El dinero en el banco es para mi hija, la que vive en España”. Eso fue todo. Lo firmó raro y sin fecha. Puso un nombre que no era el suyo: Eolo Pereyra.

El nieto, cuando llegó al Peñón, quiso saber cómo era físicamente Anemoi. Una típica aimara pero que, de a ratos, se esfumaba en el aire armando remolinos. Le cebaba mate al abuelo, pero no hablaba. Aunque el abuelo decía que le hablaba con los ojos y por los ojos, porque los ojos de Anemoi eran como dos abismos donde también soplaba el viento.

No se sabe si tuvieron algún hijo, pero hay muchos Pereyra en el pueblo, aunque el abuelo no dejó nada para otros en su testamento. Anemoi se llevó el catre antes que llegara el nieto. Dicen que lo colgó en el aire, se subió encima y que volvió a su pueblo.

“Todo esto es cierto”, le dijo el dueño del pequeño almacén. “Yo los conocí. Anemoi incluso vino de visita a mi casa y balbuceó cinco palabras antes de partir. Me dijo: ‘tienes que amar al viento”. Y agregó: “Con el viejo Pereyra hablé varias veces. Últimamente, me dijo que tenía cien años. Me pareció exagerado. Porque a esa edad, parecía imposible que siguiera haciendo el amor con Anemoni. Pero el abuelo dijo que el viento: ‘empuja los segundos, pero estira los años’. Eso fue todo”.

En fin, ahora todo depende del nieto y, por supuesto, de lo que le diga el viento.

domingo, marzo 20, 2022

El niño que cruzó llorando



Dicen que es un niño de seis años.
Cruzó llorando la frontera entre Ucrania y Polonia.
La imagen recorrió el mundo entero,
como la de aquella niña
durante la guerra de Vietnam
que fue tapa de la revista Time.

En Youtube puedes escuchar su llanto,
no quise ponerlo aquí,
me da escalofríos
tanta soledad y desconsuelo
en busca de alguien que lo abrace
y le de un poco de pan y de paz.

Ese niño somos nosotros,
los que miramos cada día la crueldad de la guerra
desde algún lugar del mundo.
Lloramos porque nos da bronca la humanidad,
pero también lloramos por desesperación.
¿Qué podemos hacer por él desde acá?

Esta guerra es una herida abierta en Occidente.
Sangramos todos,
más allá de las ganas de pegarle a Putin,
que amenaza con una guerra nuclear,
y sueña en convertirse en un zar.
La condena ya la tiene puesta en sus ojos claros,
en su mirada gélida y asesina.
Sí, caerá en el abismo de sus nefastas mentiras
y, probablemente, no tendrá salvación
ni en el infierno verá más el sol.

Pero esos niños y los ancianos huyendo,
cargando un pequeño bolso,
rescatando un pedacito de dignidad,
son los santos modernos
que nos iluminan el camino perdido
por los poderosos amantes de la vanidad.

Tiene frío.
Siento frío.
Seguramente cansancio, hambre y confusión.
Es que las bombas siguen estallando a sus espaldas.

Vamos niño, sigue andando.
No sé tu nombre pero te amo.
No sé tu nombre pero te prometo,
salir a la calle y buscar algún niño que esté solo,
abrazarlo, mimarlo, hacerlo reír
y contarle de vos.
Tal vez, entre ambos,
te pongamos un nombre
que te haga feliz en la distancia.

jueves, mayo 21, 2020

EL PUENTE DEL AMOR EN SARAJEVO



Todavía se escuchan los disparos sobre el puente Vrbanja de Sarajevo. Ocurrió un 19 de mayo de 1993. Veintisiete años después, no se sabe de dónde vinieron. Que si fueron los francotiradores del lado bosnio o del serbio. Los cierto fue que una bala artera penetró en la cabeza de Bosko y otra en el pecho de Admira. Ambos cayeron en el puente sobre el río Miljacka, que corta la ciudad milenaria enclavada en los Alpes Dináricos. Bosko falleció en el acto. Admira, unos minutos después, luego de arrastrarse hasta el cuerpo de su amado, tomarlo de la mano y abrazarse con él. La madre de Admira, siempre ha dicho que estaban “locos de amor, el uno por el otro. Que su hija le decía que sólo una bala podría separarlos”. En este caso, las balas los unieron y estuvieron sus cuerpos casi ocho días pudriéndose al sol, porque ninguno de los dos bandos se animaba a retirarlos del puente por temor a ser abatidos. Es que, paralelo a la costa del río, estaba el llamado “Corredor de los Francotiradores”, una avenida a la que disparaban desde ambos lados durante la sangrienta guerra de Bosnia que se extendió durante casi tres años y se cobró más de once mil vidas en esta ciudad.
Bosko Brikc, era de origen serbio y cristiano ortodoxo. Admira Ismic, de origen bosnio y familia musulmana. Una pareja mixta de las que tanto abundaban en Sarajevo hasta que estallara el conflicto, luego del desmembramiento de la ex Yugoslavia. Se habían conocido en la escuela secundaria y el primer beso se lo dieron en 1984, cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad. En ese momento, nadie suponía que el odio ancestral entre musulmanes y cristianos, fueran estos católicos croatas u ortodoxos serbios, estallaría  otra vez en la piel de la península Balcánica. Durante la época de dominio de Josip Broz Tito, se había logrado cierta convivencia entre etnias y religiones bajo la utopía socialista, y reinaba una cierta paz en aquél macizo convulsionado de montañas rodeado de mares, mezquitas, iglesias, sinagogas e historias fantásticas sobre el paso de los romanos, turco-otomanos y austro-húngaros.
Los jóvenes tenían 25 años y se habían jurado un amor eterno desde los 16, pasara lo que pasase. No se habían casado aún pero estaban conviviendo en un departamento en el barrio de las colinas que ocupaban en su mayoría los bosnios de origen serbio. Ese barrio había sido acosado constantemente por bombardeos y la madre de Bosko (que era viuda con dos hijos) había que tenido que mudarse en tres ocasiones, la última vez, a la casa de los padres de Admira que quedaba en la otra punta de la ciudad. Hasta que un día, tomó la decisión de abandonar Sarajevo hacia tierras ocupadas por los serbios. A pesar de la decisión de su madre, Bosko permaneció en la ciudad por el amor que se tenían con Admira.
Más de un año había transcurrido desde aquél estallido de la guerra el 6 de abril de 1992. Bosko no quería luchar en ninguno de los dos bandos; ni contra los serbios, porque se sentía parte de ese pueblo; ni contra los bosnios musulmanes y croatas que defendían la ciudad, por el amor que le tenía a la joven Admira y a Sarajevo. Antes de la guerra, tenía un pequeño comercio de venta de alimentos. Después, se vio obligado a entrar en el negocio del mercado negro para subsistir, con la protección de algunos amigos bosnios que dominaban ahora la resistencia de la ciudad. Mientras tanto, Admira estudiaba, se querían, e ilusionaban con que la guerra pronto acabase y podrían tener hijos formando una familia.
Sin embargo, luego de la huida de su madre, con amigos serbios que se habían pasado al bando que asediaba la ciudad, cortando los suministros de agua, energía y alimentos, y con algunas denuncias de ser colaboracionista con el VRS (ejército de los bosnios serbios), Bosko tenía que irse. Ambos decidieron huir juntos de Sarajevo. Admira, pese a los consejos de sus padres por el riesgo que correría viviendo del otro lado, estaba decidida a seguir a Bosko. El amor, para ellos, era más fuerte que el odio y que la muerte. "Aún queda gente que sigue sin entender la grandeza de su muerte", diría tiempo después Zijah Ismic, el padre de Admira. "Bosko permaneció en Sarajevo por amor y ella quiso devolverle su cariño huyendo juntos a zona serbia".
Todo se planeó a través de un amigo musulmán de la familia de Bosko, quien encabezaba la resistencia bosnia en la ciudad y solía intercambiar prisioneros con el VRS. Saldrían por el puente Vrbanja, el 19 de mayo por la tarde. Habría un alto al fuego y los dejarían pasar sin que dispararan los francotiradores de ambos lados. No podía haber confusión ni riesgo. Todo estaba acordado en un salvoconducto oral entre enemigos. Se despidieron de los padres de Admira y de la abuela. Cargaron dos mochilas hasta con alguna ropa de invierno, cuando estaban entrando en verano. Tal era la confianza de cruzar ilesos del otro lado. Admira le escribió una postrera carta a su madre, recordándole su amor y pidiéndole que cuidara en su ausencia del gato. Y así, vestidos con jeans y zapatillas partieron con la esperanza puesta en una vida mejor, juntos, amándose por encima de aquella guerra sin sentido que había puesto a amigos y vecinos, unos contra otros.
Llegaron hasta el puente y cuando lo estaban por cruzar, mirando las aguas del río que corrían hacia el verano que se avecinaba, sintieron en carne propia los disparos. ¿De dónde? ¿Por qué? Bosko no encontró respuestas en su fuerte caída e inmediata muerte. Admira, segundos después, tomándose el pecho y arrastrándose hasta el cuerpo de su amado, habrá pensado que la guerra enceguecida por la sangre no podía permitir ese acto tan puro del amor. Tenía que convertirse sólo en un triste recuerdo y utopía. Porque el odio estaba sediento de venganzas ancestrales inexplicables y, por lo tanto, los corazones deberían detenerse en el tiempo, sobre el puente, riéndose de la posibilidad de amar en medio de semejante conflicto, en la hoy capital de la República de Bosnia-Herzegovina.  Sarajevo, el “palacio del Gobernador”, según la etimología turca; la “Jerusalén de Europa”, según fuera llamada por la convivencia entre etnias y religiones; no podía darse ese lujo del amor. Al contrario, debía este puente, recordar la historia del cercano “puente Latino” donde dio comienzo la Primera Guerra Mundial, cuando los fanáticos del nacionalismo serbio atacaron al heredero del trono austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando.
Pero los cuerpos, desafiando la historia, permanecieron tendidos sobre el puente entrelazados, formando como un “V” de la victoria sobre una muerte, sinsentido y descabellada. Ocho días después, de noche, los serbios los retiraron hasta su zona de influencia y allá le dieron sepultura, en una tumba común, frente a la madre de Bosko. Tres años después, gracias a los acuerdos de paz de Dayton que le dieron forma a la República, uniendo la Federación de Bosnia y Herzegovina (de mayoría bosnio musulmana) con la República Srpaska (de mayoría serbio bosnia), los restos de ambos fueron trasladados al cementerio León de Sarajevo, donde hoy descansan. Sobre la tumba, colocaron un corazón de piedra con los rostros de ambos.
Esta historia de amor tuvo muchas repercusiones, que se convirtieron en libros, canciones, obras de teatro y documentales. Algunos la llamaron: “Romeo y Julieta de los Balcanes”, no por el odio que existiera entre sus familias, porque no lo había, sino por aquella semejanza con los capuletos y montescos, entre serbios ortodoxos y bosnios musulmanes. Sin embargo, para otros, serán siempre: “Bosko y Admira, los dos amantes que huyeron de la guerra hacia la vida eterna, por el puente de la esperanza”.

martes, marzo 17, 2020

QATAR



Donde se juntan el desierto y el mar,
las dunas terminan siendo olas,
los beduinos se zambullen a pescar
y los ojos se convierten en perlas.

Eso le escuché decir a un catarí
en el prólogo del libro de arena,
mientras se caían las hojas
y el tiempo transcurría por el suelo.

Soplaban las horas con sus días,
hasta volverse tormenta,
remolinos junto a las tiendas
que encendían las estrellas.

De día el sol escupía fuego,
quemando el paso de camellos.
De noche la luna menguante,
teñía de plata los cabellos.

Las caravanas traían los frutos,
de una tierra oculta y lejana,
mientras en la orilla del mar,
las redes saltaban de peces.

La palabra y su eco viajaron lejos,
trayendo mil y un relatos de genios.
Las subieron a los botes pequeños
y los marinos fueron sus dueños.

Desembarcaron del otro lado del mar,
donde el azul se vuelve turquesa
y las huríes comenzaron a bailar,
como si estuvieran en el Paraíso.

Así supe que al final,
sobre la arena o la sal,
la voz humana quedará tendida
y habrán de juzgarla sin tardar,
tanto el amor, como la tristeza.

Quedará entonces el llanto
prendido de aquel beso,
pagará la sonrisa por la sed
y la soledad por el encuentro.


Jesusmariasilveyra@2020

DESPUÉS DE LA TORMENTA

Después de la tormenta,
llega la calma,
ese aire puro y fresco
entrando por la ventana.
Las montañas quedaron nevadas,
el frío ha pintado el cielo
de un celeste prístino,
como dos grandes ojos de agua.
Y el lago, de oscuro profundo
ha pasado a un turquesa de orilla
y ya no está tan picado.

Respirar.
¿Qué será del mañana?
Vivamos el hoy,
con renovada esperanza,
el sol se hace presente
y calienta hasta el alma,
mientras los perros ladran
en la distancia.

Te recuerdo en esa flor, amarilla.
Ha salido ayer misteriosa,
como signo
de tu presencia eterna,
enredada en el paso del tiempo,
sonriente y dichosa,
bajando tus finas manos
hasta tocar la punta de los dedos
y elevarme.

Jesusmariasilveyra@2020.


CORONAVIRUS


Cuando las sombras se apoderan
de la hora.
Está la caña en mano de Moisés
sobre la roca.
El golpe duro y la firme voz
contra la queja,
hasta que, desorientado el pueblo
al fin se deja,
guiar por la esperanza
refulgente,
brillo del agua,
que se abre paso,
entre la gente.

Sacia la sed,
devuelve la energía,
ilumina el rostro
de quien confía,
traza un surco
en el desierto,
río de fe y de luz
recién abierto.

Camino hacia un Dios
que en el milagro
se revela,
pese al corazón duro
y dura la cerviz
de quienes dudan
continuamente.
En el camino de las pruebas,
el agua viva,
pese a las faltas de cada uno,
está presente.

Jesusmariasilveyra@2020



Principio del formulario
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miércoles, junio 27, 2018

LA POESÍA



Me preguntó de dónde venían,
esas palabras mías,
convertidas en poemas.

Le dije que no sabía,
si del pozo más profundo
del corazón,
o de lo más etéreo
del aire.

Eran como velas tendidas,
nubes suspendidas,
aromas de fuentes,
caricias de ángeles,
labios de mujer,
suspiros,
voces no escuchadas,
ecos repentinos,
pasos nunca dados.

Eran dardos
que no buscaban,
ni centro, ni escondrijos,
eran sublimes acertijos
perdidos en el agua.

Era fuego,
quemándome el alma.
Era tierra
poblada de amapolas,
como cruces indoloras,
como verjas sin espacios,
como notas no tocadas.

Sin embargo,
tenían forma de palabras,
que se iban juntando,
formando cadenas.

Eran imágenes nunca vistas,
partituras del espacio,
colores descubiertos,
en el vacío de las letras.

Siguió preguntándome,
pero me dolía la falta
de respuestas claras.

Eran pájaros migrando
de una mano hacia el oído.
Eran botes zarpando,
hacia el mar de unos ojos.

Era un grito desesperado,
de mi angustia existencial,
dando tumbos por el tiempo,
tan humano y sideral.

En fin, era el amor.
Sí, el amor,
aunque costara tanto
sacarlo a la luz
y desnudarlo.

(Londres, en un café de la calle Oxford).
jesusmariasilveyra@2018

sábado, febrero 13, 2016

LA GOTA



Tan inexplicable,
como una gota
vaciada por el viento,
llena de aire,
descubierta de agua,
de un azul intenso,
casi como el cielo,
redondeada por la mano,
saliendo de una boca,
suelta,
flotando,
cayendo de una nube
sobre un charco;
espejismo,
ilusión óptica
del ojo humano,
parecida a la otra,
la gota verdadera,
la que moja,
la del llanto,
metida dentro del corazón,
en silencio,
sin un suspiro,
temiendo ser descubierta.

domingo, enero 31, 2016

EL HOMBRE NUEVO


Cuando se descubrió la tarde,
el hombre nuevo ya había nacido,
porque lo parió su madre, de noche,
sobre una piedra lisa, junto al río.
Los iluminó una luna, llena de utopías
y el padre cortó el cordón
con una rama seca del viejo olivo.
Cuando se descubrió la tarde,
ya estaba en el aire su alarido,
porque la madre gritó cansada
y el niño lloró al advertir,
que los sueños de la luna
eran distintos a los suyos.
Se dio cuenta al mirar las manos
y descubrir la sangre atrapada
entre la rama y los dedos de su padre.
Se dio cuenta al escuchar los latidos
que mezclaban la luz de la luna
con el vientre dilatado de su madre.
El hombre nuevo lloró,
mojando la piedra lisa,
hasta que su padre
lo sumergió en el río,
y le dijo al oído:
"La noche es pasajera,
ya vendrá el sol trayéndote su día
con su propio afán,
y podrás descubrir
tu destino grabado
en el cenit del mediodía".

sábado, diciembre 19, 2015

POEMAS SOBRE CUADROS DE MI HIJA JULIETA


El puente rojo


Bajo ese puente rojo,
recogías los suspiros
de una infancia sin rostro ni medida,
soñando con pájaros y veleros,
surcando cielos y mares,
abriendo soles y desvelando lunas.
¡Qué hermosa eras, mi niña!
Corrías de un lado al otro,
por ese puente rojo,
sin necesidad de dar vueltas.
No existían tus pesares,
ni el reflejo de ellos en los míos.
El agua sólo arrimaba, despacito,
sus verdes y suaves remolinos.
Contábamos en la orilla
las veces que tus ojos
pintaban peces voladores
o recogían en sus redes
palmeras de sonrisas.

El tanque de la paz


Cuando las bombas dejen de estallar,
quedarán las flores,
regalos para dar.
Cuando las bombas dejen de sonar,
quedará el silencio,
y las ganas de amar.
Ya no morirán los niños,
ni se tumbarán los ojos,
no se escucharán más gritos,
ni el ulular de las sirenas,
todo entrará en la pausa
que llamamos paz,
y se volverá continua
cadena del tiempo,
como cuentas de un rosario
exhalará el aroma
de un prolongado amén.

No lloverán esquirlas,
ni recogeremos lamentos,
sólo pétalos de colores,
blancos y amarillos,
dispuestos en guirnaldas,
sobre la tumba de la muerte atroz.


Alimento espiritual

El pan, el trigo, la tierra,
producir pensando en los demás:
que vengan a comer,
de los surcos abiertos en las manos,
del sudor caído en los costados,
de las noches de insomnio
pensando en que llueva 
o deje de llover;
que vengan a comer
de la gratuita simiente
que Dios nos ha regalado
y dejamos caer, 
suavemente,
para que comience a crecer 
sobre la tierra morena.
Luego será pequeño brote,
verde, abierto a la luz y al rocío,
y luego plantío, también verde,
tejiendo las noches con lunas.
Más tarde será espiga,
reflejando acalorados mediodías,
hasta que el estío grite:
¡el fruto ya está maduro!
Vengan todos a comer 
de mi cuerpo transformado,
en harina espiritual,
abran sus bocas,
mastiquen,
coman a Dios,
que no es indigesto.


"MAESTRA DEL PERDÓN" (reportaje que le hice a Immaculée Ilibagiza para el diario Clarín)




Se llama Immaculée Ilibagiza. Su apellido significa: “resplandeciente y hermosa en cuerpo y alma”. Traída por la Editorial Logos, estuvo por segunda vez en la Argentina para dar un ciclo de conferencias. De pie, con un rosario en la mano le habla a la gente del perdón y la misericordia “Dios sanó mi alma, dañada por el odio y enferma por el deseo de venganza”. Por momentos, los ojos se le llenan de lágrimas y su esbelta figura morena parece quebrarse. Su historia lo justifica. Natural de Ruanda, se salvó en 1994 de otro de los grandes genocidios del Siglo XX, cuando cerca de un millón de personas murieron en el plazo de 100 días, producto de la horrible matanza entre hutus y tutsis, ante la indiferencia del resto del mundo. Immaculé hoy tiene 44 años, dos hijos y vive en los Estados Unidos. Pero en ese entonces, era una estudiante de ingeniería, volviendo a casa de sus padres para celebrar juntos la Pascua en la aldea de Mataba, junto al lago Kivu. De familia católica y miembro de la minoría étnica de los tutsis (en aquél momento, el 15% de la población), Immaculé se salvó “por gracia de Dios”, según ella misma relata, tras permanecer escondida durante 91 días en un baño de 1 metro por 1,3 metros, junto a otras siete mujeres, perdiendo casi 30 kilos de peso. Sus padres, dos hermanos, los abuelos,  compañeras de colegio, amigas y vecinas fueron asesinados por los hutus a golpes de machete o lanzazos. Una verdadera  masacre que comenzó cuando un misil derribó el avión en el que viajaba el Presidente, Juvénal  Halyarimama, un hombre moderado de la etnia hutu (82% de la población), que procuraba mantener la paz tribal en esta ex colonia belga. Hicieron responsables a los tutsis del atentado, y comenzaron a  acosarlos en los medios de comunicación, llamándolos “cucarachas” que debían ser aplastadas y exterminadas. Por consejo de sus padres, al enterase de que comenzaba la matanza, Immaculé fue a esconderse en la casa de un pastor protestante, de la etnia hutu, el señor Murinzi, quien las mantuvo ocultas, en total silencio, dándoles de comer de las sobras de su casa una vez al día, para que los hutus que merodeaban por la zona no las descubrieran. “Un día, entraron en la casa y estuvieron a punto de abrir la puerta del baño”, me cuenta Immaculée. La casa era pequeña, de apenas cuatro habitaciones y no las descubrieron porque se fueron antes (luego ocultaron la puerta poniendo delante un ropero). “Fue como un signo de la presencia de Dios que cambió mi vida”…Todo esto está fantásticamente relatado en el libro: “Sobrevivir para contarlo”, que escribió junto al escritor norteamericano, Steve Erwin. Libro que vale la pena leer, porque lo atrapa a uno desde principio a fin. Hoy, ya son siete los libros publicados por Immaculée y viaja por todo el mundo compartiendo su experiencia y dando testimonio. “Dios me concedió la gracia del perdón”. Pues cuando salió libre y los tutsis tomaron el control del país, a través de Paul Kagame (del Frente Patriótico Ruandés), que es el actual Presidente, ella fue hasta la cárcel donde estaba el asesino de su madre y lo perdonó.

- ¿Por qué hay que perdonar? 
        - El perdón es un regalo, una gracia de Dios, que está disponible para todos y es gratis. Nos hace bien perdonar. Nos llena de alegría. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos. Porque si estamos prisioneros de nuestra ira y rencor, no podemos ser felices, sino que sufrimos. El perdón nos trae la paz y nos hace libres para amar a todos, para pensar más en el presente y el mañana, en vez de quedar encerrados en el pasado.

      -¿Cuáles son los pasos del perdón?
     - Primero, hay que reconocer que nos sentimos mal por la falta de perdón, que estamos heridos. Luego, estar dispuestos a perdonar. Tener la firme intención de hacerlo para sentirnos mejor. Posteriormente, rezar mucho para lograr perdonar. Pedirle ayuda a Dios, diciéndole que queremos ser mejores personas, sintiéndonos bien, en paz. Entonces, la ayuda vendrá. Podemos pensar en esos momentos en personas de bien, como Ghandi, Madre Teresa, Mandela… que fueron gente de perdón y de paz. Por último, hacerlo. Llevar a cabo el perdón. Yo, cuando estaba en el baño, sintiendo odio y deseos de venganza a nuestros enemigos, me sentía muy mal, con dolor de cabeza y de estómago. La ira me hacía sudar…pero cuando comencé a perdonar, todo cambió.

-¿Perdonar es olvidar?
- No. Olvidar, no depende de nosotros, sino que es una gracia de Dios. Lo que ha sucedido, siempre quedará en nuestra memoria. Pero una vez que perdonamos, no debemos pensar en las cosas que nos hacen mal, que nos traen malos recuerdos, sino en lo que nos hace bien, en lo que tenemos por delante. Aunque siempre recuerdo a mis padres, mi casa, mi infancia y todo lo bueno que viví en aquél tiempo, despejo los pensamientos negativos sobre el genocidio o el campo de refugiados.

-¿Le hablás a tus hijos de lo ocurrido? (tiene una niña y un varón)
-No, ¿para qué? Trato de enseñarles cosas buenas, como el valor de la oración. Les digo que su abuelos y tíos están ya en el cielo, esperándonos…Yo hablo de lo sucedido sólo cuando me lo preguntan los periodistas o cuando doy una charla, no para que recuerden lo trágico del genocidio, sino para dar esperanza de que, con la ayuda de Dios, todo se puede lograr.

-¿Es importante este Jubileo de la Misericordia al que convoca el Papa?
- Muy necesario. Hay gente que no conoce la Misericordia de Dios, que no conoce realmente a Jesús y que seguirlo nos hace mucho bien. El perdonó a todos…Cuando yo comencé a rezar el rosario en el baño, me salteaba una parte del “Padre nuestro”, en la que habla de “perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. No podía rezarlo. El odio era más fuerte. Estaban matando a mi pueblo. Luego me di cuenta que no podía cambiar una oración que nos había dado el mismo Dios y, finalmente, logré  perdonar meditando sobre Jesús en el Calvario, cuando dijo: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí está su infinita Misericordia.

- ¿Es compatible la Justicia con la Misericordia?
- La Justicia puede ser un camino del perdón y del amor. La Justicia es maravillosa.  Debe aplicarse la Ley con los asesinos, porque quienes matan, no dejan de ser asesinos, por más que los familiares de las víctimas los perdonemos. Pero no debemos verlos como demonios, sino como pecadores, no como “el mal”, sino como personas que obran el mal. Eso es parte de nuestro perdón. Querer que estén en prisión, más que como algo punitivo, como una chance para que cambien, para que durante ese tiempo reflexionen que es mejor hacer el bien. Ellos también necesitan ayuda, para poder levantarse y dejar en el futuro de obrar el mal. En este sentido, la Justicia es un gran bien que viene de la Misericordia.

-¿Cuál es el papel de la Virgen María en tu vida?
- Muy grande. En casa rezábamos el Rosario y yo fui a las primeras peregrinaciones a Kibeho, donde María se le apareció a unas jóvenes adolescentes. Allí conocí el “rosario de los siete dolores”… Cuanto más amo a Dios, más amo a María. Ella siempre está a mi lado. El rezo del Rosario me tranquiliza en los momentos en que pierdo la paz.

-¿Qué le recomendás a los argentinos para sanar las heridas del pasado? (le pregunto contándole brevemente algo sobre los años setenta).
-Yo no sé mucho de lo que acá pasó, pero hay que tener cuidado con los políticos que usan la historia en su provecho, que remueven cosas del pasado porque les conviene. Creo que siempre hay que buscar la paz y la felicidad, pensando en lo que nos pone bien, en lo que nos hace más felices…

-¿Cómo es la situación actual en Ruanda?
-Muy buena. El país está creciendo y en paz. Se aplica la Ley a quienes cometen delitos, para que cambien de actitud, pero hay una buena convivencia. Es un verdadero milagro.




Immaculée, sobre el escenario, le sigue hablando al público. Reflexiona sobre la importancia del rezo del Rosario. “La Virgen lo pide en todas sus apariciones. Que lo recemos, para que nos traiga la paz…eso dijo también en Kibeho, Ruanda, a un grupo de jóvenes…pero no la escuchamos” (estas apariciones comenzaron en 1981 y anticiparon el Genocidio que estaba por venir). Immaculée, explica que, durante su cautiverio en aquél pequeño baño, llegó a rezar en silencio hasta 27 rosarios por día, eso la sostuvo, alejó los malos pensamientos y la ayudó a mantener la calma y la paz interior. Cuando termina la conferencia, la gente se pone de pie y estallan los aplausos. Muchos lloran conmovidos por su testimonio. 
Ella, con su mano en el corazón, agradece y vuelve a emocionarse.

Luego de la entrevista nos despedimos y le regalo uno de mis libros dedicándoselo: “For the master of forgiveness”, porque, realmente, es una maestra del perdón.

viernes, febrero 28, 2014

CARNAVAL EN VENECIA

 
 

            Era un gondoliere, con su típica remera a rayas horizontales, pantalones negros y sombrero de paja con cinta roja de seda. Un gondolero que por las mañanas le cantaba al amor y salía de su casa en Mestre, tomaba el autobús hacia Venecia, cruzaba el puente oteando el despertar de la laguna y, al llegar a Piazzale Roma, subía al vaporetto que lo dejaba en el Rialto. Desde el puente caminaba tres cuadras hasta el pequeño embarcadero, donde su negra góndola lo aguardaba desde siempre.  
 La larga especie de canoa, se mecía sobre el agua verde azulada como un féretro que es llevado en andas por la cuesta. Negro ataúd encerado, cubierto por una capota, levantado en proa y popa como si dos cuernos del tridente de Neptuno hubieran salido del agua.
 La góndola se balanceaba como la vida. Su padre, el abuelo, su bisabuelo, el chozno, todos habían sido gondoleros como él. Cantándole al amor por las mañanas. Moviendo la barca por el archipiélago de intrincadas volteretas, donde las islas parecían enhebradas por el agua. Llevando de aquí para allá pasajeros. Turistas o venecianos. Paseantes de una tarde o mercaderes perpetuos. Nobles, burgueses, proletarios. Inocentes o culpables. Asesinos tramando muertes, o parejas proponiéndose en secreto volver a hacer el amor.
 Generaciones de barqueros que habían ido pasando. Prestando un servicio. Intentando mostrar simpatía al viajero. Alargando una mano al que sube. Inclinando la cabeza ante quien paga. Levantando la testa para iniciar el canto de otros tiempos, cuando el amor se volvía imposible y peligroso. Prendido del largo remo. De pie sobre la popa. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Empujando el agua. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Dejando atrás el embarcadero, el sueño, el desvelo, para ir metiéndose en la historia. Historia de góndolas coloridas de otros tiempos. Historia de canales a los que, en Venecia, llamaban ríos, como ese suyo Rio di Fava que, dando vueltas como una culebra, desembocaba en el ancho Canale di San Marco. Aquí el palazzo de fulano, allá la chiesa de mengano. Sobre este puente fue asesinado uno de mis ancestros que quiso amar a quien no debía…
            Venecia flotaba frente a Murano, con la isla de San Miguel interponiendo entre ambas un campo santo. Venecia se deslizaba sobre la laguna salobre, que mezclaba las aguas del mar con las del cielo. Majestuosa bajo el sol. Misteriosa entre la niebla. Imponente en la mañana. Melancólica por la noche. Hediendo a siglos y a desechos. Oliendo a humanidad, a lucha y aventura. Y el eterno gondolero que seguía con su canto contagiando de nostalgia la mañana.


Yo lo escuchaba desde el embarcadero, mientras seis o siete orientales con sus típicas sonrisas y cámaras fotográficas a cuestas se iban acomodando en el interior de la góndola, decorada por su dueño con un pequeño ramo de flores. Flores rojas, sobre el negro de la madera que se balanceaba sobre el agua misteriosamente transparente. Los orientales comenzaron a tomar fotografías. Clic. Clac. Aguas en movimiento. Pequeñas ondas de espuma marina. Pórticos oxidados. Y el musgo verde que se quedaba prendido en  escalones y descansos. Clic. Clac. Rojos tejados. Cúpulas bizantinas, agujas de mármol, estatuas antiguas, modernas antenas, leones alados, relojes, campanas y más arriba el cielo. Clic. Clac. Cielo que se iba despojando de la bianca nebia de la laguna, como una mujer que se desviste frente al enamorado hasta que la intimidad queda grabada en la memoria.
 Venecia se abría como una flor ante mis ojos. Enseñando sus canales, como a las arterias de un cuerpo donde fluía la sangre azul de la nobleza. Il doge. Il dux. El duque. La República de Venecia recostada junto al Adriático.  La Serenissima Repubblica que fue estandarte del comercio marítimo por todo el Mediterráneo…Y Marco Polo que regresaba desde las tierras del gran Kan, trayendo el tesoro dorado que se convertiría en el preciado manjar italiano. La “pasta” de los chinos que se haría famosa en las mesas de la península, sea como tallarín, raviol, canelón o espagueti.
 Continué observando como se alejaba la góndola y con ella el canto. Recordando aquella canción que entonaba Charles Aznavour: “Que profunda emoción, recordar el ayer, cuando todo en Venecia me hablaba de amor…” Sí, el amor, del que hablaba también la canción del gondolero y que yo imaginaba transformada en escena viva sobre el puente. Sucesos del ayer reconstruidos por la fantasía en el presente...


            Él, tras el antifaz color crema y la larga nariz como de pájaro. Ella, con la careta de luna brillante sostenida con la diestra. Se miran sobre el puente, más allá de las máscaras y de los nervios. Están cerca. Es Carnaval. Es Venecia. Él, huele a vino rosso barato, traído de la desembocadura del río Po. Ella, a menta bebida a las escondidas para darse valor en el Palacio Pisani. Corre el mes de febrero. Es de noche, y el frío sale como bocanada de humo de las pocas palabras que se dicen. Él está cubierto por una capa negra. Ella, envuelta en un vestido ocre de seda, bordado con encajes por la espera. Se acercan el uno al otro, hasta que ya no cabe un paso entre los dos. La noche está estrellada, intensamente luminosa sobre el pequeño puente de la salizada (calle) de San Lío. Es Carnaval. Es Venecia. La peste ha matado a miles de venecianos durante el pasado verano. Se toman mutuamente de la mano. Húmeda una. Seca la otra. Se reconocen en el tanteo. El pulgar seco sobre la palma mojada. El dedo iniciando el juego amoroso hasta que los cuerpos comienzan a despedir un ligero cosquilleo. Nada se dicen. Es Carnaval. Es Venecia. Y pese al frío de la noche, el calor va inundando de pasión los dos cuerpos. Poco después, las manos se sueltan para el abrazo. Él, levanta su antifaz y desaparece la larga nariz color crema. Ella, baja la máscara de luna brillante. Sonríen. Se acercan más. Los ojos de él sobre los labios pequeños y carnosos de ella. La respiración de ambos juntándose en el aire del deseo. El joven huele a vino de pobre. La muchacha, a menta de alcurnia. No resisten más. El cosquilleo del cuerpo se va transformado en picazón. Y del escozor, la pequeña flama que se enciende. Sus corazones aceleran el latido. Por fin, se besan. Acaloradamente. Il bacio del amore. Los labios. La lengua. El calor que corta la noche mezclando vino y menta, apasionando al invierno del Véneto. Es Carnaval. Es Venecia. Se siguen besando entre las sombras. Ella lo deja venir. Él se entromete. La capa negra. El vestido ocre de seda. Las manos sueltas. La brisa que viene del Canal Grande. Las luces de aceite titilando a la distancia. No dicen mucho. No hace falta. Se besan sobre el puente mientras, por debajo, flotan a la deriva las vergüenzas. Él es alto, de ojos claros y voz transparente. Ella, un poco esmirriada, con graciosos hoyuelos en las mejillas y labios que invitan a conocerlos. El joven le muerde la pera. Ella, grita de emoción. Se besan con toda la pasión posible que abre la novedad de la aventura. Aventura prohibida por una sociedad estructurada en lo que debe y puede ser. Se hurgan mutuamente, bajo capas y encajes, desterrando las formalidades. Dicen alguna palabra suelta de amor, que cae del puente y se ahoga en el canal como un suspiro. Es Carnaval. Es Venecia. Las manos tocan la gloria del deseo retenido, buscando la brasa y el fuego escondido. Se besan bajo la noche estrellada, mientras la luna real juega entre los pórticos saltando con su reflejo hasta platear las embarcaciones.
 Él es un simple gondolero. Ella, hija de nobles mercaderes. Amor lejano que el Carnaval hace posible tras las máscaras. Amor siempre prohibido, sean cuales fueran los tiempos. Porque hay que mantener las diferencias. Y una de aquí, no puede juntarse con uno de allá. Sería fatal. No llevaría a ningún sitio. Se quebraría el amor, inevitablemente, como un rama seca azotada por el viento. No existe la más mínima posibilidad de que pueda prosperar. No es bueno que la de arriba piense en uno de los de abajo. Sería como juntar aceite con agua.
 Hace tiempo que se conocen. Él, con su góndola, suele llevar a la familia de su compañera desde el barrio de San Polo hasta el de San Marco. Ella se llama María. Él, Luca. Se han visto en varias oportunidades, aunque nunca pudieron mirarse como esta noche, tan de cerca, cara a cara, respirando uno del aliento del otro. Porque cuando se veían, María no podía dirigirle la palabra. Esa era tarea reservada para su madre: “Luca, per favore, andiamo al palazzi Mocenigo…” No, María nunca le habló, pero sí que lo ha mirado. Alto. Rubio. Musculoso, como una de las esculturas del Palacio Ducal. De ojos claros. Masculino. Fuerte. Parado en popa, sobre la negra madera de la góndola. Sudando el calor húmedo del verano o el frío alado del invierno. Siempre mirándola, sin que la madre o las hermanas lo adviertan. Sonriéndole. Tratando de enviarle un mensaje en el silencio, hasta que cerca del Carnaval llega la nota arrugada que sale de la mano varonil y se posa en la excitada palma femenina. Domani. Mañana. Mientras la madre advierte lo que ocurre y se hace la distraída. Sopra il ponte. Sobre el puente. Sí, la madre lo advierte y se traga la ofensa del gondolero que trata de seducir a su hija. El muy desgraciado. Estando ella presente. Pero ya pagará su descaro. Mañana. Sobre el puente. En la calle de San Lío.

 Y así fue como la noche ahora los encuentra descubriéndose en la proximidad, mientras un grupo de voces se viene acercando. Voces que suenan a mandato materno, imperativo, clamando por venganza, rebotando contra los ladrillos de las casas de dos pisos. Eco que llega hasta el puente sin que el simple gondolero o la hija de ricos mercaderes, lo perciban.
Vienen de prisa, trayendo luces que quiebran el plata saltarín de la luna  y el nebuloso refulgente de las estrellas. Ahora corren, mientras ellos se besan sobre el puente. Es Carnaval. Fiesta pagana. Es Venecia. Ciudad de San Marcos. Pero los que se hacen oír no traen máscaras, ni antifaces, ni son leones alados o corceles de bronce.
 Luca, ahora los escucha e intuye el peligro, aunque la siga besando para ocultar el devenir. Ella, también puede oírlos, pero estando de espaldas prefiere creer que el murmullo es el de su propio corazón, que late cada vez más fuerte.

 Yo, seguía junto al embarcadero. Mientras el gondolero del hoy continuaba cantándole al amor con tristeza, como si el amor siempre fuera antesala de la pena. Sí, el amor. Y el grupo del ayer que ya está a metros del puente de la calle San Lío. Luca termina con el beso, sellando con el sabor a despedida la boca de María. Después, la aparta un poco. Ella lo mira y ve en sus ojos las sombras de quienes por detrás vienen por ellos. Siente el temor de Luca en su propia piel, bajo el vestido ocre de seda con encajes bordados por la espera. Siente miedo por él, porque sabe quien envía a esa gente. María le ruega que huya. Luca contesta que jamás la dejará. Los hombres ya están junto al puente. María les grita su verdad. Luca mira las aguas oscuras del canal. María le pide que se tire al agua. Los hombres ya suben. Entre ellos, viene el hermano de María. Ella les impide el paso con los brazos abiertos. Luca vuelve a mirar el canal y sobre el agua a su conocida góndola. “¡Te amo!”, le grita a la mujer abalanzándose sobre ellos, sin advertir el puñal hambriento de sangre. “¡Te amo!”, ella contesta atrapada entre los brazos de su hermano. “¡No te dejaré!”, insiste Luca asestando el primer golpe a uno de los enviados, sin advertir el brillo, ni la sed de sangre que trae consigo el arma blanca. Es Carnaval. Es Venecia. Las campanas suenan a lo lejos en la plaza de San Marcos. La góndola sigue amarrada al embarcadero, hasta que la brisa se convierte en intenso viento que viene del mar, empujando las aguas, elevando el nivel del canal, moviendo las embarcaciones. María les grita: “¡Déjenlo!”. Luca, responde: “¡Te amo!”. El hermano de María refuta: “¡Bastardo!”. Mientras el puñal, que no sabe de amor ni de palabras se hunde en el estómago del gondolero. 
 La capa negra se tiñe de púrpura y los ojos de Luca se vuelven sobre los de María. Ella permanece atrapada entre los brazos de su hermano. Los ojos de Luca parecen desorientados y giran en círculos, mientras la mancha roja va ganando en tamaño. María consigue zafarse. Luca  la mira, pese al dolor y a la pérdida. Puede ver como el sueño de amor, en la fría noche, se esfuma entre la niebla. María quiere detener su mirada, pero los ojos de Luca ya no tienen mirada. El asesino retira con un golpe el puñal, tajeando aún más el cuerpo de la víctima. Luca se arquea. La capa ya no es negra, sino roja, como las flores del barquero del hoy que sigue cantándole al amor prohibido e imposible. María llega hasta él e intenta sostenerlo, pero el cuerpo de Luca, bañado en sangre, resbala y cae al canal. “¡Luca!”, llama ella desesperada, mientras lo que fue el cuerpo musculoso y fuerte de su amado, golpea sobre la góndola que por el viento se ha soltado de su amarra. “¡Assassini!”, grita ella aferrada a la baranda. “¡Asesinos!”, vuelve a exclamar, al tiempo que el verdugo limpia el puñal. “¡Amor mío!”, es el triste lamento de la joven, mientras la góndola se aleja arrastrada por la corriente, cargando el cuerpo de Luca, la capa roja y aquella máscara color crema con una larga nariz como de pájaro.