Jesús María Silveyra

sábado, febrero 13, 2016

LA GOTA



Tan inexplicable,
como una gota
vaciada por el viento,
llena de aire,
descubierta de agua,
de un azul intenso,
casi como el cielo,
redondeada por la mano,
saliendo de una boca,
suelta,
flotando,
cayendo de una nube
sobre un charco;
espejismo,
ilusión óptica
del ojo humano,
parecida a la otra,
la gota verdadera,
la que moja,
la del llanto,
metida dentro del corazón,
en silencio,
sin un suspiro,
temiendo ser descubierta.

domingo, enero 31, 2016

EL HOMBRE NUEVO


Cuando se descubrió la tarde,
el hombre nuevo ya había nacido,
porque lo parió su madre, de noche,
sobre una piedra lisa, junto al río.
Los iluminó una luna, llena de utopías
y el padre cortó el cordón
con una rama seca del viejo olivo.
Cuando se descubrió la tarde,
ya estaba en el aire su alarido,
porque la madre gritó cansada
y el niño lloró al advertir,
que los sueños de la luna
eran distintos a los suyos.
Se dio cuenta al mirar las manos
y descubrir la sangre atrapada
entre la rama y los dedos de su padre.
Se dio cuenta al escuchar los latidos
que mezclaban la luz de la luna
con el vientre dilatado de su madre.
El hombre nuevo lloró,
mojando la piedra lisa,
hasta que su padre
lo sumergió en el río,
y le dijo al oído:
"La noche es pasajera,
ya vendrá el sol trayéndote su día
con su propio afán,
y podrás descubrir
tu destino grabado
en el cenit del mediodía".

sábado, diciembre 19, 2015

POEMAS SOBRE CUADROS DE MI HIJA JULIETA


El puente rojo


Bajo ese puente rojo,
recogías los suspiros
de una infancia sin rostro ni medida,
soñando con pájaros y veleros,
surcando cielos y mares,
abriendo soles y desvelando lunas.
¡Qué hermosa eras, mi niña!
Corrías de un lado al otro,
por ese puente rojo,
sin necesidad de dar vueltas.
No existían tus pesares,
ni el reflejo de ellos en los míos.
El agua sólo arrimaba, despacito,
sus verdes y suaves remolinos.
Contábamos en la orilla
las veces que tus ojos
pintaban peces voladores
o recogían en sus redes
palmeras de sonrisas.

El tanque de la paz


Cuando las bombas dejen de estallar,
quedarán las flores,
regalos para dar.
Cuando las bombas dejen de sonar,
quedará el silencio,
y las ganas de amar.
Ya no morirán los niños,
ni se tumbarán los ojos,
no se escucharán más gritos,
ni el ulular de las sirenas,
todo entrará en la pausa
que llamamos paz,
y se volverá continua
cadena del tiempo,
como cuentas de un rosario
exhalará el aroma
de un prolongado amén.

No lloverán esquirlas,
ni recogeremos lamentos,
sólo pétalos de colores,
blancos y amarillos,
dispuestos en guirnaldas,
sobre la tumba de la muerte atroz.


Alimento espiritual

El pan, el trigo, la tierra,
producir pensando en los demás:
que vengan a comer,
de los surcos abiertos en las manos,
del sudor caído en los costados,
de las noches de insomnio
pensando en que llueva 
o deje de llover;
que vengan a comer
de la gratuita simiente
que Dios nos ha regalado
y dejamos caer, 
suavemente,
para que comience a crecer 
sobre la tierra morena.
Luego será pequeño brote,
verde, abierto a la luz y al rocío,
y luego plantío, también verde,
tejiendo las noches con lunas.
Más tarde será espiga,
reflejando acalorados mediodías,
hasta que el estío grite:
¡el fruto ya está maduro!
Vengan todos a comer 
de mi cuerpo transformado,
en harina espiritual,
abran sus bocas,
mastiquen,
coman a Dios,
que no es indigesto.


"MAESTRA DEL PERDÓN" (reportaje que le hice a Immaculée Ilibagiza para el diario Clarín)




Se llama Immaculée Ilibagiza. Su apellido significa: “resplandeciente y hermosa en cuerpo y alma”. Traída por la Editorial Logos, estuvo por segunda vez en la Argentina para dar un ciclo de conferencias. De pie, con un rosario en la mano le habla a la gente del perdón y la misericordia “Dios sanó mi alma, dañada por el odio y enferma por el deseo de venganza”. Por momentos, los ojos se le llenan de lágrimas y su esbelta figura morena parece quebrarse. Su historia lo justifica. Natural de Ruanda, se salvó en 1994 de otro de los grandes genocidios del Siglo XX, cuando cerca de un millón de personas murieron en el plazo de 100 días, producto de la horrible matanza entre hutus y tutsis, ante la indiferencia del resto del mundo. Immaculé hoy tiene 44 años, dos hijos y vive en los Estados Unidos. Pero en ese entonces, era una estudiante de ingeniería, volviendo a casa de sus padres para celebrar juntos la Pascua en la aldea de Mataba, junto al lago Kivu. De familia católica y miembro de la minoría étnica de los tutsis (en aquél momento, el 15% de la población), Immaculé se salvó “por gracia de Dios”, según ella misma relata, tras permanecer escondida durante 91 días en un baño de 1 metro por 1,3 metros, junto a otras siete mujeres, perdiendo casi 30 kilos de peso. Sus padres, dos hermanos, los abuelos,  compañeras de colegio, amigas y vecinas fueron asesinados por los hutus a golpes de machete o lanzazos. Una verdadera  masacre que comenzó cuando un misil derribó el avión en el que viajaba el Presidente, Juvénal  Halyarimama, un hombre moderado de la etnia hutu (82% de la población), que procuraba mantener la paz tribal en esta ex colonia belga. Hicieron responsables a los tutsis del atentado, y comenzaron a  acosarlos en los medios de comunicación, llamándolos “cucarachas” que debían ser aplastadas y exterminadas. Por consejo de sus padres, al enterase de que comenzaba la matanza, Immaculé fue a esconderse en la casa de un pastor protestante, de la etnia hutu, el señor Murinzi, quien las mantuvo ocultas, en total silencio, dándoles de comer de las sobras de su casa una vez al día, para que los hutus que merodeaban por la zona no las descubrieran. “Un día, entraron en la casa y estuvieron a punto de abrir la puerta del baño”, me cuenta Immaculée. La casa era pequeña, de apenas cuatro habitaciones y no las descubrieron porque se fueron antes (luego ocultaron la puerta poniendo delante un ropero). “Fue como un signo de la presencia de Dios que cambió mi vida”…Todo esto está fantásticamente relatado en el libro: “Sobrevivir para contarlo”, que escribió junto al escritor norteamericano, Steve Erwin. Libro que vale la pena leer, porque lo atrapa a uno desde principio a fin. Hoy, ya son siete los libros publicados por Immaculée y viaja por todo el mundo compartiendo su experiencia y dando testimonio. “Dios me concedió la gracia del perdón”. Pues cuando salió libre y los tutsis tomaron el control del país, a través de Paul Kagame (del Frente Patriótico Ruandés), que es el actual Presidente, ella fue hasta la cárcel donde estaba el asesino de su madre y lo perdonó.

- ¿Por qué hay que perdonar? 
        - El perdón es un regalo, una gracia de Dios, que está disponible para todos y es gratis. Nos hace bien perdonar. Nos llena de alegría. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos. Porque si estamos prisioneros de nuestra ira y rencor, no podemos ser felices, sino que sufrimos. El perdón nos trae la paz y nos hace libres para amar a todos, para pensar más en el presente y el mañana, en vez de quedar encerrados en el pasado.

      -¿Cuáles son los pasos del perdón?
     - Primero, hay que reconocer que nos sentimos mal por la falta de perdón, que estamos heridos. Luego, estar dispuestos a perdonar. Tener la firme intención de hacerlo para sentirnos mejor. Posteriormente, rezar mucho para lograr perdonar. Pedirle ayuda a Dios, diciéndole que queremos ser mejores personas, sintiéndonos bien, en paz. Entonces, la ayuda vendrá. Podemos pensar en esos momentos en personas de bien, como Ghandi, Madre Teresa, Mandela… que fueron gente de perdón y de paz. Por último, hacerlo. Llevar a cabo el perdón. Yo, cuando estaba en el baño, sintiendo odio y deseos de venganza a nuestros enemigos, me sentía muy mal, con dolor de cabeza y de estómago. La ira me hacía sudar…pero cuando comencé a perdonar, todo cambió.

-¿Perdonar es olvidar?
- No. Olvidar, no depende de nosotros, sino que es una gracia de Dios. Lo que ha sucedido, siempre quedará en nuestra memoria. Pero una vez que perdonamos, no debemos pensar en las cosas que nos hacen mal, que nos traen malos recuerdos, sino en lo que nos hace bien, en lo que tenemos por delante. Aunque siempre recuerdo a mis padres, mi casa, mi infancia y todo lo bueno que viví en aquél tiempo, despejo los pensamientos negativos sobre el genocidio o el campo de refugiados.

-¿Le hablás a tus hijos de lo ocurrido? (tiene una niña y un varón)
-No, ¿para qué? Trato de enseñarles cosas buenas, como el valor de la oración. Les digo que su abuelos y tíos están ya en el cielo, esperándonos…Yo hablo de lo sucedido sólo cuando me lo preguntan los periodistas o cuando doy una charla, no para que recuerden lo trágico del genocidio, sino para dar esperanza de que, con la ayuda de Dios, todo se puede lograr.

-¿Es importante este Jubileo de la Misericordia al que convoca el Papa?
- Muy necesario. Hay gente que no conoce la Misericordia de Dios, que no conoce realmente a Jesús y que seguirlo nos hace mucho bien. El perdonó a todos…Cuando yo comencé a rezar el rosario en el baño, me salteaba una parte del “Padre nuestro”, en la que habla de “perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. No podía rezarlo. El odio era más fuerte. Estaban matando a mi pueblo. Luego me di cuenta que no podía cambiar una oración que nos había dado el mismo Dios y, finalmente, logré  perdonar meditando sobre Jesús en el Calvario, cuando dijo: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí está su infinita Misericordia.

- ¿Es compatible la Justicia con la Misericordia?
- La Justicia puede ser un camino del perdón y del amor. La Justicia es maravillosa.  Debe aplicarse la Ley con los asesinos, porque quienes matan, no dejan de ser asesinos, por más que los familiares de las víctimas los perdonemos. Pero no debemos verlos como demonios, sino como pecadores, no como “el mal”, sino como personas que obran el mal. Eso es parte de nuestro perdón. Querer que estén en prisión, más que como algo punitivo, como una chance para que cambien, para que durante ese tiempo reflexionen que es mejor hacer el bien. Ellos también necesitan ayuda, para poder levantarse y dejar en el futuro de obrar el mal. En este sentido, la Justicia es un gran bien que viene de la Misericordia.

-¿Cuál es el papel de la Virgen María en tu vida?
- Muy grande. En casa rezábamos el Rosario y yo fui a las primeras peregrinaciones a Kibeho, donde María se le apareció a unas jóvenes adolescentes. Allí conocí el “rosario de los siete dolores”… Cuanto más amo a Dios, más amo a María. Ella siempre está a mi lado. El rezo del Rosario me tranquiliza en los momentos en que pierdo la paz.

-¿Qué le recomendás a los argentinos para sanar las heridas del pasado? (le pregunto contándole brevemente algo sobre los años setenta).
-Yo no sé mucho de lo que acá pasó, pero hay que tener cuidado con los políticos que usan la historia en su provecho, que remueven cosas del pasado porque les conviene. Creo que siempre hay que buscar la paz y la felicidad, pensando en lo que nos pone bien, en lo que nos hace más felices…

-¿Cómo es la situación actual en Ruanda?
-Muy buena. El país está creciendo y en paz. Se aplica la Ley a quienes cometen delitos, para que cambien de actitud, pero hay una buena convivencia. Es un verdadero milagro.




Immaculée, sobre el escenario, le sigue hablando al público. Reflexiona sobre la importancia del rezo del Rosario. “La Virgen lo pide en todas sus apariciones. Que lo recemos, para que nos traiga la paz…eso dijo también en Kibeho, Ruanda, a un grupo de jóvenes…pero no la escuchamos” (estas apariciones comenzaron en 1981 y anticiparon el Genocidio que estaba por venir). Immaculée, explica que, durante su cautiverio en aquél pequeño baño, llegó a rezar en silencio hasta 27 rosarios por día, eso la sostuvo, alejó los malos pensamientos y la ayudó a mantener la calma y la paz interior. Cuando termina la conferencia, la gente se pone de pie y estallan los aplausos. Muchos lloran conmovidos por su testimonio. 
Ella, con su mano en el corazón, agradece y vuelve a emocionarse.

Luego de la entrevista nos despedimos y le regalo uno de mis libros dedicándoselo: “For the master of forgiveness”, porque, realmente, es una maestra del perdón.

viernes, febrero 28, 2014

CARNAVAL EN VENECIA

 
 

            Era un gondoliere, con su típica remera a rayas horizontales, pantalones negros y sombrero de paja con cinta roja de seda. Un gondolero que por las mañanas le cantaba al amor y salía de su casa en Mestre, tomaba el autobús hacia Venecia, cruzaba el puente oteando el despertar de la laguna y, al llegar a Piazzale Roma, subía al vaporetto que lo dejaba en el Rialto. Desde el puente caminaba tres cuadras hasta el pequeño embarcadero, donde su negra góndola lo aguardaba desde siempre.  
 La larga especie de canoa, se mecía sobre el agua verde azulada como un féretro que es llevado en andas por la cuesta. Negro ataúd encerado, cubierto por una capota, levantado en proa y popa como si dos cuernos del tridente de Neptuno hubieran salido del agua.
 La góndola se balanceaba como la vida. Su padre, el abuelo, su bisabuelo, el chozno, todos habían sido gondoleros como él. Cantándole al amor por las mañanas. Moviendo la barca por el archipiélago de intrincadas volteretas, donde las islas parecían enhebradas por el agua. Llevando de aquí para allá pasajeros. Turistas o venecianos. Paseantes de una tarde o mercaderes perpetuos. Nobles, burgueses, proletarios. Inocentes o culpables. Asesinos tramando muertes, o parejas proponiéndose en secreto volver a hacer el amor.
 Generaciones de barqueros que habían ido pasando. Prestando un servicio. Intentando mostrar simpatía al viajero. Alargando una mano al que sube. Inclinando la cabeza ante quien paga. Levantando la testa para iniciar el canto de otros tiempos, cuando el amor se volvía imposible y peligroso. Prendido del largo remo. De pie sobre la popa. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Empujando el agua. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Dejando atrás el embarcadero, el sueño, el desvelo, para ir metiéndose en la historia. Historia de góndolas coloridas de otros tiempos. Historia de canales a los que, en Venecia, llamaban ríos, como ese suyo Rio di Fava que, dando vueltas como una culebra, desembocaba en el ancho Canale di San Marco. Aquí el palazzo de fulano, allá la chiesa de mengano. Sobre este puente fue asesinado uno de mis ancestros que quiso amar a quien no debía…
            Venecia flotaba frente a Murano, con la isla de San Miguel interponiendo entre ambas un campo santo. Venecia se deslizaba sobre la laguna salobre, que mezclaba las aguas del mar con las del cielo. Majestuosa bajo el sol. Misteriosa entre la niebla. Imponente en la mañana. Melancólica por la noche. Hediendo a siglos y a desechos. Oliendo a humanidad, a lucha y aventura. Y el eterno gondolero que seguía con su canto contagiando de nostalgia la mañana.


Yo lo escuchaba desde el embarcadero, mientras seis o siete orientales con sus típicas sonrisas y cámaras fotográficas a cuestas se iban acomodando en el interior de la góndola, decorada por su dueño con un pequeño ramo de flores. Flores rojas, sobre el negro de la madera que se balanceaba sobre el agua misteriosamente transparente. Los orientales comenzaron a tomar fotografías. Clic. Clac. Aguas en movimiento. Pequeñas ondas de espuma marina. Pórticos oxidados. Y el musgo verde que se quedaba prendido en  escalones y descansos. Clic. Clac. Rojos tejados. Cúpulas bizantinas, agujas de mármol, estatuas antiguas, modernas antenas, leones alados, relojes, campanas y más arriba el cielo. Clic. Clac. Cielo que se iba despojando de la bianca nebia de la laguna, como una mujer que se desviste frente al enamorado hasta que la intimidad queda grabada en la memoria.
 Venecia se abría como una flor ante mis ojos. Enseñando sus canales, como a las arterias de un cuerpo donde fluía la sangre azul de la nobleza. Il doge. Il dux. El duque. La República de Venecia recostada junto al Adriático.  La Serenissima Repubblica que fue estandarte del comercio marítimo por todo el Mediterráneo…Y Marco Polo que regresaba desde las tierras del gran Kan, trayendo el tesoro dorado que se convertiría en el preciado manjar italiano. La “pasta” de los chinos que se haría famosa en las mesas de la península, sea como tallarín, raviol, canelón o espagueti.
 Continué observando como se alejaba la góndola y con ella el canto. Recordando aquella canción que entonaba Charles Aznavour: “Que profunda emoción, recordar el ayer, cuando todo en Venecia me hablaba de amor…” Sí, el amor, del que hablaba también la canción del gondolero y que yo imaginaba transformada en escena viva sobre el puente. Sucesos del ayer reconstruidos por la fantasía en el presente...


            Él, tras el antifaz color crema y la larga nariz como de pájaro. Ella, con la careta de luna brillante sostenida con la diestra. Se miran sobre el puente, más allá de las máscaras y de los nervios. Están cerca. Es Carnaval. Es Venecia. Él, huele a vino rosso barato, traído de la desembocadura del río Po. Ella, a menta bebida a las escondidas para darse valor en el Palacio Pisani. Corre el mes de febrero. Es de noche, y el frío sale como bocanada de humo de las pocas palabras que se dicen. Él está cubierto por una capa negra. Ella, envuelta en un vestido ocre de seda, bordado con encajes por la espera. Se acercan el uno al otro, hasta que ya no cabe un paso entre los dos. La noche está estrellada, intensamente luminosa sobre el pequeño puente de la salizada (calle) de San Lío. Es Carnaval. Es Venecia. La peste ha matado a miles de venecianos durante el pasado verano. Se toman mutuamente de la mano. Húmeda una. Seca la otra. Se reconocen en el tanteo. El pulgar seco sobre la palma mojada. El dedo iniciando el juego amoroso hasta que los cuerpos comienzan a despedir un ligero cosquilleo. Nada se dicen. Es Carnaval. Es Venecia. Y pese al frío de la noche, el calor va inundando de pasión los dos cuerpos. Poco después, las manos se sueltan para el abrazo. Él, levanta su antifaz y desaparece la larga nariz color crema. Ella, baja la máscara de luna brillante. Sonríen. Se acercan más. Los ojos de él sobre los labios pequeños y carnosos de ella. La respiración de ambos juntándose en el aire del deseo. El joven huele a vino de pobre. La muchacha, a menta de alcurnia. No resisten más. El cosquilleo del cuerpo se va transformado en picazón. Y del escozor, la pequeña flama que se enciende. Sus corazones aceleran el latido. Por fin, se besan. Acaloradamente. Il bacio del amore. Los labios. La lengua. El calor que corta la noche mezclando vino y menta, apasionando al invierno del Véneto. Es Carnaval. Es Venecia. Se siguen besando entre las sombras. Ella lo deja venir. Él se entromete. La capa negra. El vestido ocre de seda. Las manos sueltas. La brisa que viene del Canal Grande. Las luces de aceite titilando a la distancia. No dicen mucho. No hace falta. Se besan sobre el puente mientras, por debajo, flotan a la deriva las vergüenzas. Él es alto, de ojos claros y voz transparente. Ella, un poco esmirriada, con graciosos hoyuelos en las mejillas y labios que invitan a conocerlos. El joven le muerde la pera. Ella, grita de emoción. Se besan con toda la pasión posible que abre la novedad de la aventura. Aventura prohibida por una sociedad estructurada en lo que debe y puede ser. Se hurgan mutuamente, bajo capas y encajes, desterrando las formalidades. Dicen alguna palabra suelta de amor, que cae del puente y se ahoga en el canal como un suspiro. Es Carnaval. Es Venecia. Las manos tocan la gloria del deseo retenido, buscando la brasa y el fuego escondido. Se besan bajo la noche estrellada, mientras la luna real juega entre los pórticos saltando con su reflejo hasta platear las embarcaciones.
 Él es un simple gondolero. Ella, hija de nobles mercaderes. Amor lejano que el Carnaval hace posible tras las máscaras. Amor siempre prohibido, sean cuales fueran los tiempos. Porque hay que mantener las diferencias. Y una de aquí, no puede juntarse con uno de allá. Sería fatal. No llevaría a ningún sitio. Se quebraría el amor, inevitablemente, como un rama seca azotada por el viento. No existe la más mínima posibilidad de que pueda prosperar. No es bueno que la de arriba piense en uno de los de abajo. Sería como juntar aceite con agua.
 Hace tiempo que se conocen. Él, con su góndola, suele llevar a la familia de su compañera desde el barrio de San Polo hasta el de San Marco. Ella se llama María. Él, Luca. Se han visto en varias oportunidades, aunque nunca pudieron mirarse como esta noche, tan de cerca, cara a cara, respirando uno del aliento del otro. Porque cuando se veían, María no podía dirigirle la palabra. Esa era tarea reservada para su madre: “Luca, per favore, andiamo al palazzi Mocenigo…” No, María nunca le habló, pero sí que lo ha mirado. Alto. Rubio. Musculoso, como una de las esculturas del Palacio Ducal. De ojos claros. Masculino. Fuerte. Parado en popa, sobre la negra madera de la góndola. Sudando el calor húmedo del verano o el frío alado del invierno. Siempre mirándola, sin que la madre o las hermanas lo adviertan. Sonriéndole. Tratando de enviarle un mensaje en el silencio, hasta que cerca del Carnaval llega la nota arrugada que sale de la mano varonil y se posa en la excitada palma femenina. Domani. Mañana. Mientras la madre advierte lo que ocurre y se hace la distraída. Sopra il ponte. Sobre el puente. Sí, la madre lo advierte y se traga la ofensa del gondolero que trata de seducir a su hija. El muy desgraciado. Estando ella presente. Pero ya pagará su descaro. Mañana. Sobre el puente. En la calle de San Lío.

 Y así fue como la noche ahora los encuentra descubriéndose en la proximidad, mientras un grupo de voces se viene acercando. Voces que suenan a mandato materno, imperativo, clamando por venganza, rebotando contra los ladrillos de las casas de dos pisos. Eco que llega hasta el puente sin que el simple gondolero o la hija de ricos mercaderes, lo perciban.
Vienen de prisa, trayendo luces que quiebran el plata saltarín de la luna  y el nebuloso refulgente de las estrellas. Ahora corren, mientras ellos se besan sobre el puente. Es Carnaval. Fiesta pagana. Es Venecia. Ciudad de San Marcos. Pero los que se hacen oír no traen máscaras, ni antifaces, ni son leones alados o corceles de bronce.
 Luca, ahora los escucha e intuye el peligro, aunque la siga besando para ocultar el devenir. Ella, también puede oírlos, pero estando de espaldas prefiere creer que el murmullo es el de su propio corazón, que late cada vez más fuerte.

 Yo, seguía junto al embarcadero. Mientras el gondolero del hoy continuaba cantándole al amor con tristeza, como si el amor siempre fuera antesala de la pena. Sí, el amor. Y el grupo del ayer que ya está a metros del puente de la calle San Lío. Luca termina con el beso, sellando con el sabor a despedida la boca de María. Después, la aparta un poco. Ella lo mira y ve en sus ojos las sombras de quienes por detrás vienen por ellos. Siente el temor de Luca en su propia piel, bajo el vestido ocre de seda con encajes bordados por la espera. Siente miedo por él, porque sabe quien envía a esa gente. María le ruega que huya. Luca contesta que jamás la dejará. Los hombres ya están junto al puente. María les grita su verdad. Luca mira las aguas oscuras del canal. María le pide que se tire al agua. Los hombres ya suben. Entre ellos, viene el hermano de María. Ella les impide el paso con los brazos abiertos. Luca vuelve a mirar el canal y sobre el agua a su conocida góndola. “¡Te amo!”, le grita a la mujer abalanzándose sobre ellos, sin advertir el puñal hambriento de sangre. “¡Te amo!”, ella contesta atrapada entre los brazos de su hermano. “¡No te dejaré!”, insiste Luca asestando el primer golpe a uno de los enviados, sin advertir el brillo, ni la sed de sangre que trae consigo el arma blanca. Es Carnaval. Es Venecia. Las campanas suenan a lo lejos en la plaza de San Marcos. La góndola sigue amarrada al embarcadero, hasta que la brisa se convierte en intenso viento que viene del mar, empujando las aguas, elevando el nivel del canal, moviendo las embarcaciones. María les grita: “¡Déjenlo!”. Luca, responde: “¡Te amo!”. El hermano de María refuta: “¡Bastardo!”. Mientras el puñal, que no sabe de amor ni de palabras se hunde en el estómago del gondolero. 
 La capa negra se tiñe de púrpura y los ojos de Luca se vuelven sobre los de María. Ella permanece atrapada entre los brazos de su hermano. Los ojos de Luca parecen desorientados y giran en círculos, mientras la mancha roja va ganando en tamaño. María consigue zafarse. Luca  la mira, pese al dolor y a la pérdida. Puede ver como el sueño de amor, en la fría noche, se esfuma entre la niebla. María quiere detener su mirada, pero los ojos de Luca ya no tienen mirada. El asesino retira con un golpe el puñal, tajeando aún más el cuerpo de la víctima. Luca se arquea. La capa ya no es negra, sino roja, como las flores del barquero del hoy que sigue cantándole al amor prohibido e imposible. María llega hasta él e intenta sostenerlo, pero el cuerpo de Luca, bañado en sangre, resbala y cae al canal. “¡Luca!”, llama ella desesperada, mientras lo que fue el cuerpo musculoso y fuerte de su amado, golpea sobre la góndola que por el viento se ha soltado de su amarra. “¡Assassini!”, grita ella aferrada a la baranda. “¡Asesinos!”, vuelve a exclamar, al tiempo que el verdugo limpia el puñal. “¡Amor mío!”, es el triste lamento de la joven, mientras la góndola se aleja arrastrada por la corriente, cargando el cuerpo de Luca, la capa roja y aquella máscara color crema con una larga nariz como de pájaro.
 
 
 

viernes, agosto 02, 2013

FRANCISCO. Un signo de esperanza

“Fumata blanca. Habemus Papam. Cuando lo vi por televisión no lo podía creer. Pero salió al balcón, esbozó una grata sonrisa ante la multitud reunida en la plaza de San Pedro y tomé conciencia que se trataba de él, de monseñor Jorge Mario Bergoglio, argentino, jesuita, de setenta y seis años, nacido en el barrio de Flores, simpatizante del club San Lorenzo, arzobispo de Buenos Aires. Un hombre de carne y hueso, sencillo  y austero, amante del futbol y el tango, que solía viajar en subterráneo o colectivo por la ciudad. Criticado y resistido por muchos en la Argentina. Porque habla de frente y dice cosas que algunos no quieren escuchar. Claro: ‘nadie es profeta en su tierra’. Sus primeras palabras, una vez electo como nuevo Pontífice, se refirieron a que los cardenales lo habían ido a elegir al ‘fin del mundo’. Después, hizo un gesto de humildad, pidiendo la bendición del pueblo de Dios antes de dar la suya. Todo un cambio de actitud, que siguió con su rechazo a vivir en el Palacio Apostólico, abandonar el pectoral de oro y romper con el protocolo, acercándose de manera distinta al pueblo de Dios.
La elección de Francisco es un ‘gran signo de esperanza’, tanto para la Argentina como para la Iglesia y el mundo. Para la Argentina, porque será una fuente de luz que ilumine nuestro camino desde afuera. Para la Iglesia, porque reúne las condiciones para iniciar los cambios necesarios en los tiempos que se viven, alentando a los cristianos a ir hacia las periferias de la pobreza y el sufrimiento, anunciando la Buena Noticia y tomando conciencia de que ‘el verdadero poder es el servicio’. Para el mundo, dada su vocación ecuménica y propicia para el diálogo interreligioso, que puede contribuir a la formación de una ‘cultura del encuentro’ y a la renovación de la búsqueda de lo trascendente, en un mundo que parece vacío de respuestas. Francisco ha venido a encender un fuego nuevo y eso debe ser motivo de alegría y esperanza. De allí, las ganas de escribir este libro, trazando un semblante de su vida, su pensamiento y la forma en que llegó a ser elegido, por la misteriosa gracia de Dios”.

(publicado por Lumen)
                                                                                

domingo, marzo 17, 2013

SAN FRANCISCO DE ASÍS



 Fuimos hasta el ristorante que tenía una terraza con vista panorámica sobre el valle. Estábamos en Asís, en lo alto de la ciudad que parecía sacada del Medioevo. Piedra y silencio, junto a la via Metastasio. A dos meses del Jubileo del año 2000. En el punto del espacio donde parecía posible el diálogo interreligioso. Saqué un cuaderno de la mochila, pedí permiso a la dueña de casa y mirando las columnas de humo que subían de los campos incendiados para renovar la tierra, comencé a escribir. Mi esposa, seguramente, pensó que debía tenerme paciencia porque me tomaría toda la tarde volcar lo que tenía dentro. De algo estaba segura, tendría que ver con Francisco, el santo de Asís. ¿Por qué? Pues estuvimos toda la mañana siguiendo la pista de su historia por los lugares que había frecuentado en la región y, al salir de la iglesia de "San Damiano”, yo le dije algo, como que el crucifijo me había hablado, igual que ochocientos años antes lo había hecho con el hijo de Pedro Bernardone y doña Pica. “¿Qué cosa te dijo?”, me preguntó. “¡Ve y escribe algo sobre el santo, porque a la gente le hace bien recordarlo!
Ahora, ella me observa, entusiasmado, garabateando las hojas, dando vuelta las páginas que el viento pretende arrancarme de las manos y arrojarlas sobre un valle desolado de palabras. Lo hago sin mirarla, por el misterioso mandato de una voz que creo haber escuchado en “San Damiano”.
 Cuando levanto los ojos, apenas si miro allá en lo bajo esa joya que es la campiña de la Umbría italiana. Pienso. Me rasco la nuca como lo hacía mi madre. Abro la boca. Suspiro. Vuelvo sobre el papel. Largo. Suelto. Imagino. Escribo. Grabo las palabras sobre el abismo de un vacío que deja expuesto el magnífico valle. ¿Qué más podía decirse de San Francisco? Había tanto escrito, representado y hasta filmado…

 

Francisco, el Poverello, el Pobrecillo, sube al monte Subasio desde el río Torto. Lo hace dejando atrás la ciudad de piedra y sus murallas. Está muy flaco. Arropado con el hábito que ha copiado de los campesinos. Ceñido con una cuerda sencilla, anudada a la cintura. Los pies descalzos. La barba crecida. Las manos huesudas enseñando una enramada de venas oscuras. Los ojos perdidos en lo alto del cielo gris que trae frío y probablemente nieve.
Camina solo, más allá de la Rocca Maggiore. Detrás lo sigue alguno de sus primeros discípulos: Bernardo de Quintaval o Pedro Catáneo. Debajo está el valle que parece un damero con sus distintos tonos de verdes, ocres y marrones. Cuadrados de viñedos y olivares, rastrojos de trigo o cebada, afortunada tierra preparándose para recibir el crudo invierno que se avecina.
 Sube la colina. Busca a Dios. Intenta discernir su voluntad para la comunidad creciente de hermanos que vive en el tugurio de chozas de Rivo Torto. Atrás quedó su conversión, la reparación de la iglesia de  San Damiano y la reconstrucción de la Porciúncula. Atrás, el cambio de hábitos, el abandono de la casa paterna y el descubrimiento evangélico aquel día de San Matías. Atrás los primeros seguidores, las prédicas y los viajes de dos en dos por las regiones vecinas.
Son cosas del pasado. Ya no son tres o cuatro locos sueltos pidiendo limosna por las calles de Asís. Son varios hermanos viviendo en chozas de barro. Y él debe discernir por los demás. Porque son muchos los que siguen llegando y debe actuar como guía de la comunidad.

 Allá va Francisco, el hijo del rico mercader de telas que, según dicen, un día se volvió loco de remate. A tal punto, que su padre lo desheredó en presencia del obispo y buena parte de los habitantes de la ciudad. ¿Saben lo que hizo? ¿Lo saben? Claro, esta parte de su historia es bien conocida y fue vista cientos de veces en el cine. Pues sí, Francisco se quitó las ropas y se las devolvió a don Pietro Bernardone, quedándose desnudo frente al pueblo, hasta que el obispo reaccionó y mandó cubrirlo, mientras Francisco gritaba que en adelante su Padre sería únicamente el de los cielos y la gente comenzó a reírse de él y don Pedro se retiró ofuscado y a doña Pica se le cayó una lágrima y la bella Clara se ruborizó y a Francisco le pareció que en todo caso el que estaba loco de remate no era él sino el mismo Jesucristo que había invertido los valores del mundo con su mensaje evangélico: “Los últimos serán los primeros”. “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. “Perdonen setenta veces siete”. “Háganse como niños”. “Amen a sus enemigos”. “Si quieren ser perfectos, vendan todo lo que tienen y denlo a los pobres”. “Pongan la otra mejilla”. “El que se humilla será ensalzado”. “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”… 

 Francisco sube al monte en el que los benedictinos tuvieron un pequeño monasterio que la guerra de diez años entre Asís y Perusa ha destruido y, donde él, hace ya tiempo halló las mismas grutas para retirarse a orar y pedirle al Señor que le siga hablando. Porque necesita saber qué más quiere de él y de la comunidad de hermanos menores. No, no debe ser una Orden puramente contemplativa, pese a que con ella la vida de extrema pobreza parecería concordar más.
El ideal de Francisco es la vida apostólica y, en especial, la predicación. “Vayan por el mundo anunciando la Buena Noticia”. “Prediquen que el Reino de los Cielos está cerca”, era lo que había escuchado y releído cientos de veces en aquel evangelio de Mateo. En ese caso, ¿cómo sería posible armonizar la vida de pobreza con la predicación? ¿Acaso para predicar no se necesitaba un poco de instrucción? ¿Y la instrucción un claustro, y el claustro tiempo libre para los estudios? ¿Y para contar con tiempo libre, no haría falta alguna renta proveniente de la tierra? ¿Cómo entonces sería posible seguir viviendo en chozas, casi como nómades, trabajando por el sustento diario o pidiendo limosna y al mismo tiempo salir a predicar?
Sin embargo, Francisco no piensa en los conocimientos teológicos, sino simplemente en dar a conocer el mensaje evangélico. “¡Conviértanse, porque  el Reino de Dios está cerca!”. Aunque no todos piensan lo mismo que él y comienzan a discutir sus ideas. No sólo dentro de la comunidad, sino entre los obispos. Algunos opinan que es imposible vivir sin alguna propiedad. Que la futura Orden debiera tener tierras donde asentar claustros y obtener alimentos para asegurar una buena formación a los hermanos. Que tendrían que imitar a quienes siguen la regla de Benito de Nursia. O, al menos, poder acumular especies o dinero de un día para el otro, como para asegurar el  sustento en días difíciles.
Pero Francisco se niega a cualquier posibilidad que lo aparte de lo que el Señor en su momento le ha hecho saber. La vida apostólica no es otra cosa que cumplimentar lo que hicieron Pedro y Pablo. Anunciar el Evangelio viviendo al mismo tiempo del trabajo de las manos o de la generosidad de los demás.

 Por eso necesita retirarse otra vez y, en el silencio de la contemplación, decir como Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha”. Siempre ha sido igual. La voz del Señor saliendo del misterio de la oración, de la fiebre, el éxtasis o los sueños. Suave al comienzo. Creciendo como un torrente hasta acallar el resto de las voces y sonidos, después. Cubriendo todo su ser y la atmósfera circundante, más tarde. Volviéndose imperativa. Demandando una respuesta. Transformando su negación humana, en un sumiso sí como el de María, la madre de Jesús.
 Un sí, como aquel que le diera en la cárcel de Perusa, después de la derrota del ejército de Asís; o tiempo después, cerca de Spoleto, cuando quería marchar de nuevo a la guerra; o ante esa voz que le mandaba regresar a casa, diciéndole: “Retorna a tu patria y allí te será dicho lo que has de hacer…”. Un sí, como en la iglesia de San Damiano, escuchando la voz del crucifijo: “Ve, pues, Francisco y repara mi casa que se viene abajo…”; o como ante aquel extraño pedido celestial de vencer la animadversión a los leprosos y comenzar a cuidarlos. “Francisco, si quieres descubrir mi voluntad has de aborrecer y despreciar cuanto hasta ahora has apetecido sensualmente. Y cuando hayas comenzado a hacerlo, todo lo que antes te era grato, se te cambiará en intolerable; y lo que antes detestabas, será para ti grande dulzura y alegría inmensa”. 
 Francisco siempre lo recordaba. Dando este último sí, pese a la repulsión y el asco que le despertaba la lepra. Jamás podría olvidarlo. Una boca retorcida y la nariz partida al medio. La campanilla del leproso sonando tras las encinas. Y él, dudando... El pánico. El querer volverse, pese a la claridad del día y el hermoso paisaje circundante. La campanilla más cerca, tras los árboles. Y él que se detiene. Y le viene a la mente la imagen de la mujer de Lot, convirtiéndose en una estatua de sal por mirar atrás.
Rayos, truenos, fuego. Destrucción. Y el leproso apareciendo junto al encinar. Un muñón en vez de brazo. Los dedos que faltan dejando un sitio vacío en la mano. La boca roída. El deseo de amar empujando. Y allá viene. Y mirarlo, más allá de la repulsión y también del asco. Acercarse. Tocarlo. Besarlo. Compasión. Con pasión. Con la misma pasión de Cristo en el Calvario, hasta descubrir en el leproso al crucificado.

 Francisco sabe que no basta con todo lo hecho hasta ahora. Cada día es un volver a empezar. Pero la Hermana Pobreza le ha abierto los ojos a la bondad divina. Él es como un lirio del campo o como las aves del cielo. No necesita más que ellos. Le basta con su existencia y con el amor de Dios que en él rebalsa y se trasmite en un amor a cada uno y a cada cosa creada. Le basta con su amor al sol, la luna y las estrellas. Le basta con la tierra, el valle, el monte, la colina, las fuentes y los arroyos. Le basta con la lluvia y el rocío, con el fuego y la escarcha, con los hielos y las nieves, con la luz y las tinieblas. Le basta con los peces del agua, las fieras y ganados. Le basta con las flores y las mariposas, con el viento, el lobo y el cordero. Sí, claro, y también con el evangelio de Mateo que escuchó aquel día de San Matías en la pequeña Porciúncula: “Por el camino proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento”.
Era sencillo. En el mensaje de Cristo estaba la forma de vida reservada para él y los que quisieran seguirlo como los primeros discípulos. Dejándolo todo. Casa. Padre. Madre. Hermano. Hermana. Oficio. Barca. Red. Buey. Arado. Pertenencias. Posesiones. Repulsiones. Ascos.

 Francisco ya está cerca de las grutas, de las Carceri, y recuerda aquello del propio San Benito. “Por la exaltación se baja y por la humildad se sube”. Otro mensaje invirtiendo la lógica del mundo. Subir por las escalas de la humildad. Más allá del orgullo, la soberbia, el amor propio y toda vanidad. Lo sabe bien, la señora Pobreza le ha abierto las puertas de la Humildad. Lo ve. Lo escucha. Hasta puede imaginarlo. Jesucristo se agacha a lavar los pies de sus discípulos. “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
¿Me escuchas, Francisco?, parece decirle el Señor. La humildad es lo primero. El despojo. Hacerse servidor de todos. Vaciarse. Nada, Francisco. Ya te lo he dicho. Nada. Ni oro, ni plata, ni monedas, ni alforja para el camino, ni provisiones, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón. Nada. ¿Me escuchas? Nada, de nada. Tú lo sabes. Fue lo que le dijiste a Bernardo de Quintaval antes de que vendiera todo y se lo entregara a los pobres. Escuchar la Palabra y ponerla en práctica. Muy sencillo. Sólo Dios basta. Repítelo, Francisco. Mira con mis ojos. Contempla. Todo invertido. “Porque es dando que se recibe y perdonando que se es perdonado. Porque es muriendo, que se resucita a la Vida Eterna”. Repítelo a tus hermanos pese a que se resistan. Ponlo como regla de vida aunque la crean difícil de cumplir. Nada, Francisco. Sólo el afán de cada día. Que cada uno trabaje en lo suyo y si no les alcanza para comer pues pidan limosna, pero que no quede nada entre ustedes de un día para el otro. Sólo yo, que no tuve dónde reclinar la cabeza.


 Mi esposa me mira mientras bebe algo que le ha traído la dueña del restaurante y ordena un poco de formaggio y proscciutto…Yo sigo absorto en lo que escribo. ¿De dónde me viene todo esto? ¿Qué misteriosa voz es la que habla a través de mi mano? La escucho. Rasguidos sobre el papel. Y de la nada, las letras. Negras letras húmedas de tinta. Imágenes del corazón. Postales del alma. Bocas que se mueven en el silencio de la palma. Y las yemas persiguiendo al sonido hasta que se vuelve lengua en la palabra. Sí, Palabra. En este caso, la que parece estar diciéndome Francisco de Asís desde aquel remoto año de 1210, mientras cansado llega hasta las grutas del monte Subasio balbuceando un rezo sin palabras.

 
Francisco entra en las grutas cavadas en la roca fría, abiertas en la carne viva de la montaña. Desciende en busca de una respuesta del Señor. “¿Quién eres, dulcísimo Señor Dios mío, y quién soy yo, gusanillo siervo tuyo? Santísimo Señor, quisiera amarte. Dulcísimo Señor, quisiera amarte. Señor Dios, yo te he dado todo mi corazón y mi cuerpo, y deseo con gran vehemencia, hacer otras muchas cosas por tu amor, si llego a entender que te agradan”.
  Francisco se agacha, se inclina, se acuesta. Hunde su cuerpo dentro de la gruta, apoya su delgada figura sobre la piedra muda. La punta de los pies, las rodillas, el vientre, las costillas, la mejilla, todo haciendo natural fuerza de gravedad contra la dureza de la roca que nada le dice pero que lo recibe y lo deja tenderse sobre ella como si se tratase de un amigo. Respira lentamente. Aquieta su espíritu. Aleja todo pensamiento que pueda apartarlo de Dios. “¡Dios mío y todas mis cosas! ¡Dios mío y todas mis cosas! ¡Mi Dios y mi todo!, y no otra cosa”, repite hasta el llanto, porque es tal el amor a Dios que en el diálogo con Él siempre se hace presente el llanto en sus diversas formas. Triste y amargo por la soledad, gozoso por la compañía, ardiente de dolor cuando aparecen los estigmas, rebalsando de dulzura, pegajoso de nostalgia, cristalino de alegría.
Sí, alegría de anunciar la Palabra enviando a sus hermanos a salir del valle y llevar a todo el mundo la Buena Noticia: “Vayan, pues, amados compañeros, anunciando el evangelio de la paz y la penitencia. Sean pacientes en las tribulaciones, respondan con humildad a los que los interroguen, bendigan a los que los persigan, muestren gratitud hacia los que los traten injustamente y los calumnien, pues por todo ello será mayor su recompensa en el cielo. Y no se avergüencen de ser hombres sin letras, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu del Padre celestial”.

 La pequeña hendidura de la roca permite el ingreso de un haz de luz y el bucólico murmullo de las palomas que se pasan la siesta en el encinar que aún hoy existe en el lugar. Francisco deja el llanto ardiente que le quema los ojos y escucha como la luz le trae el murmullo de las aves que tanto ama. Las aves que no se preocupan por el mañana. Ni qué comerán, ni con qué se vestirán. Las aves que no siembran, ni cosechan, ni acumulan en graneros. Las aves que vuelan en libertad con lo que llevan puesto y abandonan sus nidos en la estación seca.
 El rayo de luz del Hermano Sol. La voz de las Hermanas Palomas. El silencio de la Hermana Roca. Todo tan bello. Y él tan agraciado por el Señor Dios de la Creación, que en el silencio de la gruta le hace conocer la respuesta. La misma respuesta en la que cree hace ya tiempo, pero que su pecado aleja en la duda propia y de los otros, porque la carne es débil y la exigencia es mucha.
Vivir según la fórmula del santo Evangelio. Es el deseo del Señor y de Francisco. Que poseyesen las menos cosas posibles. Que trabajasen con sus manos para ganar el sustento. Que si el trabajo no bastaba, acudiesen a los otros en demanda de auxilio. Que no se tomaran ociosos cuidados, ni acumularan bienes superfluos. Que se mantuvieran libres como las aves, sin dejarse prender por los brazos del mundo. Que cruzasen por la vida dando gracias a Dios por sus dones y alabándolo por la belleza de sus obras. Que, en fin, anduviesen como extranjeros y peregrinos en este mundo.
 Sí, claro, es bien sencillo. Abrazar a la Hermana Pobreza. Porque el Señor tampoco había tenido donde reclinar la cabeza. ¡Es eso! Ser pobre en todo sentido. Apartándose de toda avaricia. Ese debe ser el corazón de la Regla de Vida. “Todos los frailes procuren seguir la humildad y pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, y acuérdense que ninguna cosa nos es necesaria de todo el mundo sino como dice el Apóstol: ‘Teniendo que comer y con que cubrirnos, con estos nos contentamos y no queremos más’… Acuérdense que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Todopoderoso, puso su rostro como piedra durísima a los golpes y afrentas del mundo, ni se corrió de ser pobre y huésped, y vivir de limosnas, él y la bienaventurada Virgen su Madre y sus discípulos”.
 ¡Ay, pero qué duro, Señor!, parece responder el Poverello. No creas que a mí no me cuesta. Yo que lo tuve todo y dormí en cama de plumas y siempre me senté a cenar en una mesa abundante y no me faltó el abrigo, ni el techo, ni una madre que me despertara por las mañanas con un beso, ni un padre que me diera de sus telas para lucir elegante en el pueblo, ni criados que hicieran por mí los mandados, ni educación, ni viajes fuera de Asís, ni amigos nocturnos con quienes gastar el dinero, ni jóvenes dispuestas a ir conmigo a donde quisiera, ni fama de caballero, ni sueños de grandeza…

 

 Sigo garabateando las hojas. La noche ya ha extendido su cinto de titilantes estrellas regalándonos el don de una luna inmensa que baña de plata esta ciudad mágica enclavada sobre el monte. Regreso con Francisco a la gruta del monte.

 
El santo se ha quedado dormido. La cabeza reclinada sobre una tabla. El cuerpo sobre su amada roca. Los pies siguen descalzos. Ya no entra luz por la hendidura, ni se escucha el bucólico murmullo de las tórtolas, sólo el sesear del viento contra las encinas. Francisco sueña con un sueño que pronto tendrá el Papa Inocencio III.
El Sumo Pontífice está en Roma. Francisco en el monte Subasio. El Santo Padre soñará que la iglesia de San Juan de Letrán se tambalea. Que la basílica construida por Constantino en honor de los dos Juanes (el Bautista y el Evangelista) tiembla y está a punto de caer. Que la torre se inclina y se quiebran las paredes. El Papa contemplará espantado desde su palacio el terrible espectáculo de la Iglesia cayéndose. ¿Por qué? ¿Por qué? Querrá gritar y no podrá hacerlo. Querrá juntar sus manos para rezar y tampoco lo logrará.
 Francisco se mueve sobre la roca hasta acurrucarse en posición fetal. La voz del encinar ingresa por la oscura hendidura trayendo más frío y oscuridad. El Papa, en Roma, todavía no ha soñado aquello, pero Francisco ya corre por la plaza de Letrán. Se llega al pie de los muros de la iglesia. ¡Es tan pequeño ante semejante construcción! Arrima su espalda al muro. ¿Qué cosa puede hacer él, el gusanillo, el poca cosa, la avecilla, la pluma, la cola, el ala?
Hace fuerza contra el muro y comienza a aumentar su tamaño. Sí, Francisco crece mientras la Iglesia tiembla y el Santo Padre no sabe qué hacer. Crece tanto hasta que rebasa la altura de la iglesia, sostiene el edificio y lo endereza. El Papa, maravillado por la proeza se le acerca, lo mira a los ojos, lo descubre y comienza a comprenderlo.

Francisco sale del sueño sacudido por el chisteo de una lechuza. Es medianoche. Por la hendidura ingresa la luz argenta de una menguante luna que bosteza. Abre los ojos. Siente que debe viajar a Roma y contarle al Santo Padre de la Regla de vida para sus hermanos menores, aunque parezca severa para los que están acostumbrados a vivir en la opulencia. No debe preocuparse. El Señor le hablará a Inocencio III proyectándole aquel sueño y podrá reconocer su sinceridad.
Francisco se llena de alegría. ¡Eso es! ¡Gracias, Señor! ¡Aleluya! ¡Alabado seas, Señor!

 

Detengo la mano. Trazo un punto final y le digo a mi mujer que es hora de dejar la hermosa ciudad de Francisco y de Clara, de lo contrario llegaremos a Florencia de madrugada y tal vez no encontremos hotel. Ella, dice que prefiere quedarse en Asís y volver a visitar las grutas por la mañana.
 
(*) Este cuento es parte de mi libro: "Cuentos de la bella italia". Todos los derechos reservados. © Copyright 2011 Jesús María Silveyra. info@jesusmariasilveyra.com.ar
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jueves, febrero 07, 2013

CONVERSACIONES EN SHANGAI

Nenúnfares. Ninfeas. Nelumbos. Conversamos toda la noche de plantas acuáticas. Hablamos sobre los lirios del agua, mientras contemplábamos un estanque. Sobre todo, nos referimos al loto.
Ling Chuang, me dijo que el loto era la reina de las flores y yo le respondí que para mí era la rosa. Mencionó que las rosas tienen espinas y yo le contesté que era necesario algo de sufrimiento para alcanzar el gozo. Me respondió que no, que debíamos librarnos de todo sufrimiento y también del gozo. Pues entonces, “está la rosa de Sharon que no tiene espinas”, repliqué. Me contestó que esa era la flor nacional de Corea. Repuse que era la que se menciona en el Cantar de los Cantares, cuando la mujer sulamita se refiere a sí misma diciendo: “rosa negra de sharón, lirio del valle yo”.
Un tanto contrariado volvió sobre el lirio del agua y “no del valle”. Dijo que el loto o la flor del loto había sido la primera flor en darse a conocer cuando se creó el mundo. Le expuse mis dudas. Aún más, dijo que, para muchos, era la madre de la Creación, porque el propio Brahma había nacido del loto…Agregó que para los egipcios, de un loto azul, que emergió del Nilo, había nacido el hijo del sol…y que Buda, se sentó en la posición del loto cuando tuvo su despertar... Yo permanecí en silencio, escuchándolo. Terminó diciendo que si no me bastaba con lo que representaba para Oriente, que pensara en Claude Monet pintando nenúnfares, impresionado por la belleza de estas flores acuáticas. Cerré los ojos y me dejé llevar por el perfume, olvidándome por un momento de mi rosa…

“La flor del loto se cierra por las noches y se sumerge bajo la superficie del agua, apenas un poco, como si le temiera a la luna”, le dije exhalando el aroma del estanque que se mezclaba con el de la noche serena y agradable, iluminada por una luna en su cuarto menguante. “No, la flor del loto, es ying y es yang. Ama al sol y  a la luna. Con el alba, irrumpe, corta la delgada capa del agua y abre sus pétalos en contacto con el aire, dejando a la vista su centro incomparable, el lugar donde el fruto guarda sus semillas. Ella se abre y se cierra como una boca dulce de mujer…”
“Espera, Ling, no vayas tan rápido con tus conclusiones. Respiremos juntos con la flor. Sumerjámonos con ella. Dejemos que la delgada capa de agua nos cubra la mirada. Contemplemos los rayos plateados de la luna penetrando el oxígeno y el hidrógeno en las justas proporciones que los transforman en agua. No hay nubes y la luz de plata llega hasta nosotros sin filtros ni intermediarios”.
“¿Por qué crees que danzan las flores?”, preguntó cortando mis dulces pensamientos. “Porque el viento está moviendo la delgada capa de agua”. Se puso serio ante mi respuesta tan obvia. “¿Acaso es porque la luna se mueve o baila?”, agregué dudando. “Las flores danzan recordando el andar de las mujeres de pies vendados”, me contestó tajante.
“¿Qué cosa?”. “A ellas siempre se las ha llamado, las de pie de loto dorado”. “¿Por qué razón?”. “Es que durante cientos de años se llevó adelante esta costumbre en China…Les vendaban los pies entre los cuatro y nueve años, para que no crecieran. Así, más tarde, las doncellas se balanceaban al caminar y era muy placentero observarlas. Se las dotaba de una gracia especial al caminar…un paso lento, casi inacabado…como si fuera el de las grullas o el de las pequeñas gacelas…De allí que su movimiento fuera comparado con el del loto mecido por la brisa”.
 





“Ling,  ahora recuerdo el asunto de los pies vendados… ¿no lo hacían para obstruirles el movimiento y que no pudieran escapar con facilidad de una casa, del marido o del concubino de turno?”. “Quizá, pero también por erotismo”. “¿Erotismo?”. “A los hombres les resultaba muy sensual verlas caminar...”
“¡Qué ocurrencia!”, exclamé. “Tú no entiendes, es mejor que demos por terminada la reunión…Confucio decía que la mujer…”. “Vamos Ling, espera un poco, no lo tomes a mal. Sigamos aquí, como si estuviéramos bajo el agua. Sumergidos en el estanque. Viendo como la brisa menea la flor como al cuerpo de una antigua de las doncellas que mencionas. Aguanta un poco la respiración. No, no largues aún el aire. Aguanta. ¿Ves el hilo de plata, el cordón? Retiene la respiración, dilata el estómago, céntrate en la luz de la luna o al menos inténtalo. Yo estoy a tu lado junto a la flor que se ha cerrado como un puño resguardando su corazón de las tinieblas de la noche por temor”.
“¡No es el temor!”, exclamó. “¿Qué no? Pues entonces, dime por qué. Tú sabes mucho más que yo de esto, estás en tu tierra, en tu pantano, en tu estanque”. “Cuando la flor emerge sobre la delgada capa de agua, es como un volver a nacer…”, me respondió. Le dije que para mí sería como resucitar. “La diferencia no nos debe molestar, aunque yo no sé la medida de tu volver a la vida, si es con todo tu ser o con parte de él…”. “Ni yo conozco la medida de tu renacer, ni se lo haces por primera u octava vez…”
Lo cierto es que ambos subimos con ella, y nos dejamos asir por los primeros rayos del alba que nacía en aquella mañana de Shangai. Nos dejamos tomar por la mano de aquella que tiene los dedos rosados, por el soplo de Eos que levantaba el velo de la noche y pintaba la línea del horizonte con un rojo que más tarde se convertiría en azul, al tiempo que se transformaban las flores y se encendían de colores vivos.

 
 
 
Y las había blancas, purísimas, prístinas, impecables, como el del azúcar refinado o el del capullo de algodón recién desmotado, como el de la mortaja que se regocijaba en su vacuidad o el de la ropa limpia tendida al sol. Luego de habernos sumergido con ella, y escuchar como la abeja zumbaba dentro de su corazón, polinizándola por dentro, mientras la luna jugaba con nuestras ideas, sus pétalos se tornaron un poco más oscuros, como si los hubiesen teñido con la sangre de la fecundación o de aquellos  pies vendados; con la sangre roja, de la luna roja, del paño rojo, del libro rojo, del momento rojo en que alguien rompió la gran muralla del agua estancada y exclamó con la flor: “he despertado al nuevo día”.
Coincidimos, era el alba, y las primeras luces acariciaban el agua. Las flores se abrían y los pétalos comenzaron a separarse. El cofre dejó salir a la primer abeja zumbando vida, con sus labios llenos de polen amarillo, que pronto se convertiría en miel y haría vivir a la reina un día más, mientras los zánganos continuarían luchando en el umbral de su alcoba. Ling, se puso de pie. Yo hice lo mismo. Me saludó inclinando suavemente la cabeza. Me le acerqué, le di un abrazo argentino, soltándole unas breves palabras al oído: “Gracias por el loto”. Se apartó un poco y mirándome a los ojos, balbuceó: “Llevo tu rosa en mi corazón…vivo ejercitándome por seguir el camino trazado…pero aún no he podido dejar de sufrir, no tanto por mí, sino por los otros”.
 
 
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